Ben Introducing Atticus
Hola de nuevo, despúes de mucho tiempo sin nuevos miembros en nuestro club Carpe Diem os presento a Atticus McMannus; sangre fresca.
Hola de nuevo, despúes de mucho tiempo sin nuevos miembros en nuestro club Carpe Diem os presento a Atticus McMannus; sangre fresca.
A continuación mi último relato. Espero que os guste...
Jason
LAS MIL Y UNA NOTAS
Todos los días él le dejaba una nota de amor en la recepción del hotel. No la dejaba en su habitación, no porque no supiera cual era, o por vergüenza, sino por respeto. En el hotel ya le conocían todos, era un hotel muy lujoso y caro, con mucho personal, con botones, con varios mozos que subían el equipaje, con un espacioso y lujoso hall de entrada y con varios recepcionistas que siempre tomaban con cariño las notas que el hombrecito escribía para la huésped del 311.
La que no tomaba con cariño las notas era la huésped del 311. Siempre se burlaba de ellas en voz alta, y haciendo una mueca de fastidio, con gestos grandilocuentes para que quedase claro su postura, rompía en mil pedazos la nota y se marchaba con paso decidido del hotel. Así cada mañana.
En un ritual que se repetía siempre, todos los días, el hombrecito (llamémosle así porque era bajito y con aspecto algo desaliñado), dejaba la nota para la huésped. Después se marchaba y la nota se quedaba cuidadosamente doblada esperando a que llegase la huésped, que por desgracia para la nota, significaba morir despedazada en mil pedazos. Así un día tras otro.
Cuando digo un día tras otro, es un día tras otro, laborales, festivos, todos.
Las notas eran siempre diferentes, y había que reconocer que poseían cierto ingenio. A veces eran ingenuas, del tipo de “me gustaría salir contigo, si quisieras ser mi amiga…” otras eran más arriesgadas como “esta mañana brilla especial y es porque me vas a leer”, a veces eran decididamente cursis, otras muy serias y sinceras, pero siempre románticas, siempre destilaban amor, un amor romántico y cortés por la huésped de la 311.
Un día, después de mil, sucedió algo extraordinario. El hombrecito no apareció. Todos en la recepción del lujoso hotel se preguntaban que podía haberle ocurrido. Porque todos daban por hecho que algo grave tenía que haberle sucedido para que no cumpliese a su cita diaria con la nota doblada; tal era la costumbre ya instituida de verle. Una chica que ayudaba en el vestidor del hotel comentó que quizás el hombrecito se había cansado simplemente de ir todos los días, dejar su nota y obtener la misma (mala) respuesta todos los días. Todos concluyeron apesadumbrados que igual tenía razón, aunque en el fondo ninguno lo quería creer. Les hacía ilusión ver al hombrecito todos los días en el hotel, con ese afán inquebrantable, con esa ilusión siempre intacta, con esa fe que en realidad no sabían de donde provenía pues la huésped de la 311 no había dado ni el menor indicio de tomarle en serio, antes al contrario, cualquiera pensaría que le odiaba.
Así sucedió que ese día cuando la huésped de la 311 pasó por recepción y no vio la habitual notita doblada esperándola, preguntó si es que hoy no le habían dejado nada. Cuando el recepcionista le respondió un tanto apesadumbrado que no, ella le miró durante un largo momento y haciendo ademán de no darle importancia dio media vuelta y se fue, como siempre, rumbo a la salida.
Pero esta vez su paso le parecía menos firme, menos seguro. No pudo evitar preguntarse por lo que podía haber pasado. No daba crédito a lo que sentía: una cierta decepción por no tener su habitual nota del hombrecito, después, molesta por haber sentido esa debilidad se corrigió a sí misma diciendo: “Bah, es igual. Mañana aparecerá, o si no, es que ya se ha cansado de molestarme. Ya era hora”
Pero interiormente, sentía que le faltaba algo aquel día. Sentía que echaba de menos la nota, y por mucho que quisiera olvidar ese sentimiento, este volvía con más fuerza a su cabeza.
Al día siguiente, se levantó y mientras iba bajando en el ascensor su cabeza no paraba de preguntarse si habría nota o no. Impaciente, llegó a la recepción buscando con mirada anhelante al recepcionista de guardia.
Ése día tampoco tenía nota. Esta vez no pudo disimular -ni quiso- un profundo gesto de desilusión. Caminó con paso resignado y lento hasta la salida, a enfrentarse a un nuevo día, en el que sin saber por qué, el sol brillaba mucho menos de lo habitual.
Cuando ya estaba a punto de cruzar el umbral de la puerta principal, una voz conocida le inquirió desde el recibidor donde el hombrecito estaba sentado en un confortable sillón. Se volvió y la voz le llamó con un nombre que no había escuchado en años. Era su nombre de soltera.
"No te había dejado nota, porque yo también quería que me echases de menos. No por mí, que no espero nada, ni nunca lo he esperado. Sino por ti. Quería que te dieras cuenta de lo que te importo. Más de lo que te imaginabas, ¿verdad?.
La huésped del 311 se quedó muda, sin saber que decir
"Tu crees que yo he tenido fe todos esos años, pero en realidad siempre supe que te importaba un poquito, sino, dime tú porque, todos los días lo primero que haces es mirar si tienes una nota mía, y si la tienes, la lees antes de romperla..."
...ahora que sabes lo que te importo, es hora de que te pregunte:
¿Quiéres seguir siendo mi esposa otros mil días más?
Hoy hace cinco años. Por eso he querido compartir con vosotros, como un pequeñito homenaje, esta canción de la Oreja, en memoria de las víctimas del 11m.
Joan Margarit presentó éste martes en la Casa de los Tiros de la calle Pavaneras, dentro del ciclo ‘Los martes de la Cuadra Dorada’, su nuevo libro, ‘Misteriosamente feliz’, en un encuentro profundo y emotivo con sus seguidores, entre los cuales estaba yo.
Lo que más me llamó la atención fue su voz. Era una voz de poeta, si tal cosa existe. De viejo poeta, de poeta cansado, de poeta vividor y vívido.
Habló de cosas interesantes, el último libro, el que nos presentaba, cierra una trilogía que va de la tristeza con Cálculo de Estructuras, al consuelo que brinda la poesía en Casa de misericordia y que renace en una alegría extraña, al cabo del todo en Misteriosamente feliz, y eso, porque como él bien dijo con humor no exento de melancolía; “Es un misterio que después de todo lo que nos ha tocado vivir seamos capaces de volver a sentir la felicidad”
En un momento dado se habló de las traducciones de sus poemas, que realiza él mismo del catalán al castellano. Me gustó su postura en este asunto, pues está lejos de los fundamentalismos y de las exageraciones. Mostró un gran sentido común y cuando alguien le preguntó entre el público con evidente mala intención si un poema es “traducible”, el respondió que los poemas “son como prismas, una traducción significa seleccionar que prismas se cogen y cuales se desechan, lo que está claro es que un buen poema será bueno al traducirse, mientras que uno malo no lo será nunca”
Leyó varios poemas de la trilogía antes mencionada y en especial de su Misteriosamente feliz, del cual he seleccionado para ponerlo aquí el último poema que cierra el libro:
El amor que no me asusta
Lejos de los amores feroces del origen,
y lejos del amor que, a modo de refugio,
la mente siempre inventa, el amor
que ahora me consuela es sin urgencias.
Cálido, respetuoso: amor de sol de invierno.
Amar es descubrir
una promesa de repetición
que tranquiliza.
Estos poemas hablan de esperar
porque el amor es siempre una cuestión
de las últimas páginas.
Ningún otro final podría estar
a la altura de tanta soledad.
Cuando terminó la presentación nos acercamos varios a que nos firmase el libro. En ese pequeño contacto me hubiera gustado decirle muchas cosas. Decirle que en multitud de ocasiones he sentido que sus poemas me hablaban a mí, que me he sentido protagonista de sus palabras, escuchándolas más que leyéndolas en mi mente por alguien que me acompañaba con su sabiduría y experiencia. Como no era el momento ni el lugar me limité a darle las gracias y estrecharle la mano. “Gracias a ti”, me contestó y me sonrió.
Jason
Joan Margarit i Consarnau (Sanahuja, Lleida, 1938) es poeta, arquitecto y catedrático español de Arquitectura en Barcelona.
Margarit, es uno de los poetas más importantes en lengua catalana, si bien el se define bilingüe y de hecho, muchos de sus libros de poesía ha sido publicado en castellano y catalán simultáneamente. Es arquitecto y catedrático de Cálculo de Estructuras de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Barcelona, ya jubilado. Su primer poemario, en castellano, lo publicó en 1963, volvió a publicar en 1965 y después de un largo paréntesis de diez años escribió Crónica. A partir de 1980, inicia con L’ombra de l’altre mar, su obra poética en catalán, en la que aparecen títulos como Vell malentés, El passat i la joia o, más recientemente, Calcul d’estructures, a las que se suma las antología Trist el qui mai no ha perdut per amor una casa.
Se han publicado en castellano y catalán, además de Crónica, Luz de lluvia, Edad roja, Aguafuertes, Estaciò de França, Los motivos del lobo, Joana -dedicado a su hija fallecida- y El primer frío. En el 2008 recibió el Premio Nacional de Poesía por Casa de Misericordia.
Deciros que es un poeta que al margen de escuelas y tendencias cultiva su propio estilo, basado en un intimismo que crea un vínculo con el lector, usando frecuentemente la segunda persona del singular en poemas que transmiten realismo, sinceridad (a veces desgarradora) y una gran melancolía. En sus poemas muchas veces se cuelan personajes famosos o cinematográficos, músicos de jazz (una de sus grandes pasiones), lugares y personas reales.
He aquí algunos poemas escogidos (por mí ;-)
La muchacha del semáforo
Tienes la misma edad que yo tenía
cuando empezaba a soñar en encontrarte.
No sabía aún, igual que tú
no lo has aprendido aún, que algún día
el amor es esta arma cargada
de soledad y de melancolía
que ahora te está apuntando desde mis ojos.
Tú eres la muchacha que yo estuve buscando
durante tanto tiempo cuando aún no existías.
Y yo soy aquel hombre hacia el cual
querrás un día dirigir tus pasos.
Pero estaré entonces tan lejos de ti
como ahora tú de mí en este semáforo.
Piscina
No le temía al agua, sino a ti,
era tu miedo lo que yo temía,
y este lugar profundo
donde desaparecen las baldosas.
Me arrastraste hacia allí, recuerdo aún
la fuerza de tus brazos obligándome,
mientras trataba de abrazarme a ti.
Aprendí a nadar, pero más tarde,
y olvidé muchos años aquel día.
Ahora que ya nunca nadarás,
veo a mis pies el agua azul, inmóvil.
comprendo que eras tú quien se abrazaba
A mí para cruzar aquellos días.
La enfermedad y la muerte de su hija Joana, aquejada del síndrome Rubinstein-Taybe con sólo treinta años es uno de los ejes vertebradores de su obra, apareciendo en más de un poema y con un libro dedicado a ella, el conmovedor Joana, del que es el siguiente poema:
Mientras tú duermes
A Joana
En la plaza humillada por la lluvia
miro la alta ventana iluminada
que no quiero perder: no he de rendirme
a la condena de la vida.
Este no es ni un lugar de la ciudad:
nadie en los bancos y, sobre la arena,
los charcos que reflejan
la luz del rótulo del hospital.
El cristal de las puertas automáticas,
que la luz del vestíbulo ilumina,
de vez en cuando se abre y deja paso
a una oscura figura rutinaria.
Unas muletas cruzan,
invisibles, la calle y se aproximan
a uno de los coches aparcados,
el nuestro, en el que iremos en silencio
bajo la lluvia hacia el dolor futuro.
Tu calidez ha sido tan efímera.
Triste felicidad la de esta calma
mientras recuerdo
cuando tú y yo teníamos mañanas
que nos guardaban las miradas.
Tenía tanto miedo
a tener que dejarte sola un día.
Por débil y pequeña que la luz
sea en la oscuridad, es mi consuelo:
no habrá más desamparo ya que el mío.
La espera Hoy viene a Granada a presentar su último libro "Misteriosamente Feliz" muy cerquita de casa. Si voy a verlo ya os cuento como ha ido... Jason
Te están echando en falta tantas cosas.
Así llenan los días
instantes hechos de esperar tus manos,
de echar de menos tus pequeñas manos,
que cogieron las mías tantas veces.
Hemos de acostumbramos a tu ausencia.
Ya ha pasado un verano sin tus ojos
y el mar también habrá de acostumbrarse.
Tu calle, aún durante mucho tiempo,
esperará, delante de tu puerta,
con paciencia, tus pasos.
No se cansará nunca de esperar:
nadie sabe esperar como una calle.
Y a mí me colma esta voluntad
de que me toques y de que me mires,
de que me digas qué hago con mi vida,
mientras los días van, con lluvia o cielo azul,
organizando ya la soledad.
Pues con este título os propongo que expliquemos como se fue fraguando el club que hoy formamos. Un pequeño ejercicio de memoria que aquí os lanzo por si lo queréis recoger.
Cómo ya habréis notado, Manolo, Susan, Miguel… se convierten en Ben, Alice y Jason. Y así ha sucedido con todos nuestros miembros en los últimos tiempos. La norma puede parecer caprichosa pero guarda una significación con una serie de costumbres y tradiciones diversas. Por ejemplo, los apellidos siempre empiezan por Mc (McCallister, McDonaldhum, McEnroe…), esto es un pequeño homenaje a los clanes escoceses.
El que los nombres sean anglosajones es una manera de diferenciarlos claramente del resto. Todo grupo que aspira a crear una ideología en su entorno lo primero que hace es crear una denominación propia, un árgot, un lenguaje secreto y consuetudinario que al momento permita distinguir a un iniciado del resto… bueno, en nuestro caso ni pensamos crear una ideología ni somos una secta ni un clan, pero utilizamos esta imaginería para darle un toque de misterio y de cierto “glamour” al grupo…
Sobra decir que el hecho de que sean ingleses es simplemente porque somos españoles. Lo que cuenta es la diferencia, así nuestra miembro japonesa (Yoko) recibió el nombre de Marisol, siendo de momento la única excepción a la norma anglófila.
Junto con los nombres, están los cargos. Como norma, los cargos debían referirse a características claramente notorias de la personalidad de cada uno, y no podían “rebajarse” a simples funciones burocráticas o técnicas (vocal, director, subdirector, etc.), sino que tenían que poseer una vocación más espiritual y metafísica. La idea es que cada miembro se identifique por una habilidad, por un rasgo de personalidad que le da a nuestro club. Si lo pensamos, esta tradición esta viva en multitud de culturas tradicionales, tribus indias y se refleja en poner “motes” que no son meras etiquetas, sino una manera cariñosa de referirse a alguien que tiene un don especial para algo.
Así pues, nos encontramos con La Voz de la Sabiduría (Ali), El Oráculo (Ben), y el Hermano de las Ideas (servidor). Otros miembros importantes son: Esfuerzo Encontrado y… que mis compañeros me ayuden con algún otro, pues ahora he de confesar que no recuerdo.
¿Cómo surgió esta idea? Recuerdo que estábamos en el Paseo de los Tristes en el lugar en el que se reunía Ángel Ganivet con la Cofradía de la Fuente del Avellano y surgió la idea de darle un planteamiento original al club, dotarle de señas de identidad propia, “tunearlo” por así decirlo. Y eso hicimos.
Desde entonces, cada nuevo miembro debe pasar por un rito de iniciación en el que se le bautiza y se le da un nombre y apellido que será en adelante su identidad en el club.
Aquí os dejo un relato que he escrito estos días, a ver que os parece.
LA MÁQUINA DEL TIEMPO
Ella le mira y sabe que, ésta vez es demasiado tarde. Conoce bien esos ojos, los mismos que ahora le escrutan. Pero él ya no es él. Ahora es la bestia la que ha tomado el poder, la que habla desde el interior de la persona que un día creyó amar. Retrocede y sus manos terriblemente solas buscan en la pared desnuda algo a lo que agarrarse. Pero es tarde, muy tarde porque él ya se acerca, cada vez más...
Él la mira. Una voz de fuego arde en su cabeza, su corazón desbocado parece salirse del pecho. Ya no llevan sangre sus venas. Las palabras parecen salir de su boca como cuchillos que cortan un aire cada vez más denso. Hace calor, demasiado. Y la voz grita, grita cada vez más fuerte.
- Mamá, ¿cuánto falta para llegar?
Eva se endereza en su incómodo asiento;
-Un poco, Jorge, un poco.
Él lanza el puño como única explicación. Por fín va a darle su merecido, le va a enseñar a no reírse más de él. Sí, ahora aprenderá. Pero esta vez siente que debe ir más lejos. Esta vez acabará de una vez por todas. Sólo así se calmará la voz. Sólo así no tendrá que aguantar como ella se ríe de él una vez más.
Jorge se pone los auriculares para ver la película. Apenas se atisban las últimas señales de la ciudad y Eva casi puede sentir el frescor del campo filtrándose a través de los cristales. En los asientos de delante un hombre de unos sesenta años estornuda y un extranjero le pregunta si le molesta que baje un poco el asiento. "claro que no", miente.
Mientras se apoya en la pared y espera el impacto, reza. Reza y en ese momento cae en la cuenta de que se le olvidaron hace años las oraciones que aprendió en el colegio. No sabe porque, pero sí que recuerda perfectamente a sus compañeras. En un instante que parece durar una vida recuerda la última función y la caída del telón, esos segundos mágicos justo antes de los aplausos. Cierra los ojos e intenta escapar, intenta pensar que acabará pronto, que cuando la luz se encienda él ya no estará ahí.
Desde su asiento se escucha a una pareja de jóvenes que pone música en un viejo transistor. Suena la canción del momento. Es algo molesto, piensa Eva, y sonríe. No falta la señora que suspira con fastidio mientras suena el enésimo móvil y una voz apagada responde salida del sueño. Mira a la jóven pareja. No deben tener más de quince años.
El golpea con todas sus fuerzas, pero no impacta en ella, sino en la pared. Los nudillos se llenan de perlas de sangre causadas por el gotelé y el lanza un alarido furioso -¿DÓNDE ESTÁ? La persigue, pero el pasillo no parece tener fin, se alarga con cada paso que da.
El conductor, un hombre mayor, anuncia que pararán veinte minutos antes de proseguir. Un torbellino de abrigos y personas se apresta rápidamente hacia la salida del vehículo, rumbo a los servicios y a la cafetería del bar.
La casa, hasta hace un momento con vida, empieza a perder su luz. La cabeza se le nubla. ¿Dónde está ella? ¿Y el niño? ¿Cómo se han atrevido a desvanecerse así, en el aire, cómo fantasmas? Lo pagarán, lo pagarán muy caro... Entonces, por primera vez advierte que no está del todo sólo.
Después, el frío de la piedra sube como una enredadera por su cuerpo
En la ventana del autocar la primera luz del día besa los olivos, las nubes dibujan un paisaje de irreal belleza, se escucha la música soterrada de las aves. En ense momento un silencio inquieto acude a acurrucarse en el regazo de Eva. Es Jorge.
-Mamá, ¿Queda mucho aún?
-No hijo, ya estamos llegando.
Jason
Saludos a tod@s, quería dejar mi huella personal en este relato. Espero que os guste. Ben 
EL HIJO DEL PREDICADOR
Aquella pálida mañana de otoño, Jam y su esposo Christopher acudieron a la iglesia como cada domingo, sin embargo, ese día era diferente y muy especial para ellos; todas sus oraciones al gran Dios habían sido escuchadas y no sólo eso, sino que también se les había encomendado una dura prueba. Christopher era el predicador de la pequeña aldea de Brean en Nueva Inglaterra y desde que uniera sus votos matrimoniales a los de su esposa Jam habían deseado que el Señor les proveyera con una criatura a la que alimentar, cuidar y dirigir por el buen camino. Cierto día unas amistades de Weston, la ciudad más cercana, les hablaron de la existencia de un chico con una extraña anomalía congénita, que había sido abandonado en el orfanato. Un mes después, lograron adoptarlo sin ningún tipo de complicaciones, pues nadie nunca quiso hacerse cargo del niño durante sus nueve años de estancia en el hospicio.
El sermón del día trataba sobre la ira de Dios hacia aquellos que juzgan al resto del rebaño tan sólo porque una de sus ovejas es diferente, de la maldad de algunos seres humanos y del fuego de los infiernos arrojado sobre ellos. La voz de Christopher se elevaba desde las alturas del púlpito y se propagaba por las tres pequeñas naves de la congregación. Siempre había sido un hombre de un gran temperamento, y con sus sermones y cantos a más de un feligrés había logrado arrancar unas lágrimas, y más de un niño inocente había soñado con las llamas del averno en las frías madrugadas de Brean. Aquella mañana, el tono de su voz era más solemne, si cabía, el brillo de sus centelleantes ojos negros era más vívido, más cálido, sus dientes aparecían y desaparecían mientras hablaba, casi parecía sonreír. Jam lo escuchaba con atención desde la primera hilera de bancos, junto al resto de la aldea, como siempre de rodillas durante toda la misa. Según Christopher se estaba más cerca del Padre desde una posición de extrema humildad.
Las palabras del predicador eran arrastradas por la brisa de la mañana que cruzaba las cruces y lápidas del pequeño cementerio que rodeaba la iglesia hasta la ladera de los valles orientales. A lo lejos podía divisarse la línea de la costa, y más lejos, en el horizonte una gran mancha blanca; el Grand Pier de Weston. Cuando los primeros colonos europeos llegaron a Inglaterra construyeron un extenso muelle y en su extremo un lujoso hotel de madera blanca con dos torres gemelas para el hospedaje de los viajeros de tierras lejanas. Hace nueve años Asa fue uno de ellos, pero ahora se encontraba sólo en su habitación, haciendo su pequeña maleta, como siempre con los ojos cerrados, pues bajo ningún concepto se le permitía abrirlos. En aquel instante llegó la señora Snack con su acostumbrado aire altanero y su pamela perfectamente conjuntada con su traje de gasa. Teresah Snack era la directora de la institución donde Asa había pasado su infancia. Acatando órdenes que en un principio le resultaron absurdas, pero llegó el día en que comprendió que sus ojos no eran como los de ningún otro niño, y que mostrarlos en público podía ocasionar un terror inusitado.
Cuando la mujer entró en la habitación del niño, este mostró su descontento con un ligero carraspeo en la garganta y a la vez bajó la barbilla hasta que su nuca quedó tan tirante como la soga de un ahorcado. La señora Slack siempre lo había tratado mal, confinado en su minúscula habitación como un monstruo al que la luz del día no pudiese tocarle, como a una mala semilla.
Al parecer el carruaje que llevaría a Asa a su nuevo hogar en Brean estaba en la verja principal esperándole. La propia Teresah Slack ayudó al muchacho con su maleta ajada. La felicidad se dibujaba en las profundas líneas de su rostro, pero no era la única en disfrutar de aquella marcha. En su interior, Asa, palpitaba de emoción. Nunca había atravesado aquellos muros grises desde que su madre le dejara allí al nacer, y ahora podía sentir la libertad mientras sacaba una de sus blancas manitas por la ventanilla del coche de caballos. En aquel instante la brisa de la mañana acarició su piel pálida y decidió dedicarle una generosa sonrisa a la señora Slack, eso si, con los ojos bien abiertos. La mujer gritó de espanto, y los niños que también le vieron mientras jugaban en el patio pudieron contar a los otros que al fin habían visto los ojos rojos de Asa.
El viaje resultó de lo más placentero y confortable. Los caballos les conducían por un intrincado y boscoso camino colindante a la línea de costa, que surcaba el magnífico paisaje de Brean. Las bestias cabalgaban a galope tendido hasta que el camino se transformó en un barrizal, cada vez más estrecho, y al fondo una colina verde comenzó a dibujarse con casitas blancas de madera de abedul.
El carruaje se detuvo frente a la casa de Christopher y Jam. Entonces el muchacho bajó con su maleta en la mano y la cabeza gacha. Jam contuvo la emoción y las lágrimas, y aunque lo que realmente quería era correr hasta aquel niño de pelo rojo y palidez extremas para estrecharlo contra su pecho no lo hizo para no importunarlo en exceso. En lugar de eso, Asa, dio un paso adelante y fue cuando se topó con la robusta figura del predicador que le tendió la mano con gesto amistoso. Asa extendió la suya y Christopher la asió con firmeza. A continuación, le tomó la maleta y le condujo al interior de la gran casona apoyando suavemente la gigantesca mano sobre el hombro derecho del niño.
Aun no había pronunciado una sola palabra, y cuando estaban a punto de acceder al porche de la entrada. Jam se acercó a Asa y se arrodilló frente a él. Desde aquel instante la mujer le dijo que nunca más debería cerrar los ojos, a menos que durmiera. – Dios nos ha dado el don de ver para que veamos lo que nos rodea, la belleza de una tierra que también se hizo pensando en ti – dijo Jam al tiempo que pellizcaba una de las mejillas del chico, que en aquel momento sonrió y abrió los párpados, mostrando dos enormes rubíes en el rostro. – verás que así todo es más bonito- volvió a decir Jam, que no hizo ninguna clase de aspaviento ante aquella extraña mirada. Asa la abrazó con todas sus fuerzas.
Los primeros meses de estancia en Brean fueron agridulces para Asa. Siempre había soñado con un lugar donde los niños eran amables y los juegos eran risas y complicidad, sin embargo, aquel era un pueblecito como cualquier otro. Un tanto liberal, eso si, para los tiempos que corrían, con la reciente plaga de fiebre malta y la acontecida mala cosecha de patata. Muchos de los aldeanos fueron a hablar con Christopher porque pensaban que la llegada de Asa a Brean había desatado una espiral de malos augurios, y tras recriminarlos por tan insensatos pensamientos, el predicador tuvo que tomar cartas en el asunto. Decidió que lo mejor para el muchacho sería una profesora con extensos conocimientos en todas las materias didácticas, dispuesta a trasladarse al condado de Somerset de inmediato.
Asa había permanecido demasiado tiempo en la ventana de su habitación sin más compañía que la de Jam y la pequeña Biblia que Christopher le regaló la primera noche de su llegada. El reverendo no lo sabía, pero el muchacho la guardaba bajo su almohada como un tesoro, y cada noche leía unas páginas que trataba de memorizar mientras sus rusientes ojos se cerraban por el sueño.
Una semana más tarde, una elegante calesa negra se detenía frente al porche de la casa del predicador y su esposa. Una hermosa mujer de pelo negro azabache, recogido en un moño con sombrero y vestido azul descendió del carruaje con el mismo gesto que la niebla despejando el mar con su vaivén. Si alguna palabra describía aquel rostro era quietud, y su angulosa figura y gráciles movimientos eran con la espuma del mar. Asa la observaba desde su habitación, situada en la buhardilla de la casa, cuando la mujer elevó el rostro hasta el niño y le sonrió. El muchacho se sorprendió muchísimo cuando pudo ver mejor la hermosa cara de la mujer. En primer lugar porque esta no se asustó al ver sus ojos; y en segundo porque la mujer sujetaba un extraño artilugio de acero dorado sobre el puente nasal con dos perfectos cristales redondos cubriéndole los ojos, que al mirarlo relumbraron con la reverberación de los rayos del sol. Era una mañana espléndida y el cielo estaba totalmente despejado, aunque hacía un poco de calor. La extraña mujer extrajo un pañuelo, también azul, del interior de su bolso de mano y se lo pasó por las muñecas y el cuello. El cochero descargó un pesado baúl y algo de equipaje más ligero. De repente, Jam salió a recibirla con una amplia sonrisa, casi parecía que aquella extravagante señora fuese como una bendición venida del cielo. Un momento después Asa comprendió que se trataba de Maggie, su profesora particular, recién llegada de París. En los días sucesivos, Asa, continuaba mirándola fijamente para intentar comprender porque llevaría aquel extraño artilugio en los ojos. Aquellos preciosos ojos azules. Maggie se percató de la curiosidad que el niño sentía por sus lentes y le explicó que se utilizaban para ver bien cuando los ojos de las personas presentan algún problema de visión. Sin duda se trataba de un gran invento que estaba revolucionando las leyes de la óptica en el viejo continente, aunque en Brean nadie había visto nada parecido. En aquel instante, Asa, se enamoró perdidamente de aquella encantadora mujer, cuya voz embaucaba al que la escuchaba. Sus palabras irradiaban inteligencia, y tras concluir cada frase solía sonreír mirando al niño a los ojos. A partir de entonces, Asa, se propuso aprender todo lo que Maggie podía ofrecerle, y era mucho. Cuando fuese mayor quería ser maestro en una gran ciudad, donde las personas son como puntos infinitos en mitad de un océano.
El otoño transcurrió veloz entre libros y cuadernos de estudio, caligrafía, aritmética, literatura y sobre todas las cosas estaba Maggie, su adorada Maggie. Cada mañana, Asa, se levantaba y solía dar un sonoro beso en la mejilla de Jam, acompañado de un apretado abrazo, y seguidamente les daba las gracias a ella y a Christopher por haber traído a la profesora hasta Brean, sólo para el. Después daba un largo paseo por la senda de abedules que recorría los verdes prados de la colina este de Brean Sands y que en unos treinta minutos les conducía hasta la iglesia. Durante el trayecto, el predicador, le recitaba pasajes de la Biblia con una solemnidad conmovedora. Había uno de ellos que le aterraba; “si tu ojo te ofende, arráncatelo”; pero existía el del buen pastor que no supo cuidar su rebaño y su llanto inconsolable hizo que el Creador se apiadara de él y le concediera otro nuevo.
A veces se topaban con otros caminantes, aldeanos que iban a la ciudad, o viajantes con carros de heno que observaban al niño descaradamente y atemorizados se santiguaban al instante. Christopher no los reprendía nunca estando Asa presente, pero al domingo siguiente les dedicaba unas palabras desde el púlpito para oprimir su inexcusable conducta.
Pasaban los meses y Asa se enamoraba nuevamente, pero esta vez de muchas cosas a la vez; de los fastuosos acantilados del Canal, de los literatos universales que cada anochecer devoraba, del bosque de Everwood en la ladera norte de Brean, donde solía ir con Jam para recoger bayas silvestres y a su regreso a casa preparar suculentos pasteles de moras y crema. Así concluyó también la estúpida ignorancia de los aldeanos que empezaban a saludarle. Y más tarde llegó el día en que comenzó a jugar con otros niños, sin que éstos se atemorizaran, aunque las ilusiones por los juegos infantiles se habían evaporado en su corazón de quinceañero. Desgraciadamente también llegó el momento de despedirse de Maggie y viajar hasta Oxford para educarse en el Pontin´s School, un refinado internado al que Maggie escribió para que Asa fuese admitido. Debido a sus excelentes conocimientos en cálculo y literatura no tuvo ninguna clase de contratiempo.
Todos salieron hasta el porche de la blanca casa para despedirse, excepto Jam, que no pudo retener las lágrimas y prefirió que Asa no la viese llorar. Christopher le entregó una nueva Biblia que contenía el árbol genealógico de la familia del predicador a lo largo de cuatro generaciones. Al mirarlo se dio cuenta de que su nombre aparecía en la rama más alta, justo en la parte superior izquierda con los correspondientes apellidos de la saga. Sus ojos de fuego se humedecieron y la visión se tornó borrosa cuando el fornido hombre con su traje negro impecable lo rodeó con sus brazos. La última en despedirse fue Maggie que le obsequió con el tan ansiado beso que siempre había deseado desde que la conociera, aunque sólo fuese en la mejilla, sintió como si un ángel lo hubiera rozado. Además le entregó una cajita rectangular de madera oscura y le dijo que la abriese antes de llegar a su destino.
Mientras el carruaje se alejaba por el sendero de abedules, Asa, se aferraba al pasamanos de la calesa, escrutando cada una de las ventanas de la casa esperando ver a Jam, a su madre. Y al fin la vio, en la buhardilla, agitando la mano para despedirle.
Mientras recorría nuevas tierras, desconocidas para él, ojeó de nuevo la Biblia de terciopelo rojo y letras doradas que el predicador le había hecho entrega y entonces se acordó de la cajita de Maggie. La abrió y contempló absorto unas gafas de cristales tintados junto con una pequeña nota que decía: “son la última moda en París, entre las jovencitas están causando furor, escríbeme pasado un mes, ya conoces mi dirección en Weston. Chesnut Terrace 40”.
La institución de Pontin´s se encontraba en el sur del condado de Sommerset, a medio día de Brean Sands, pero el paisaje era algo mas agreste y bucólico. Cuando llegó hasta la verja de la entrada sujetó con fuerza su equipaje de mano y miró con fascinación los dos pilares, coronados con leones, que cruzó con un nudo en la garganta. Se colocó las gafas negras y caminó con paso firme y hombros erguidos.
Durante su estancia allí, algunos pensaron que se trataba de un chico ciego y por ello necesitaba lentes oscuras, otros que era un muchacho extranjero, ya que en el continente son extravagantes y siempre están haciendo locuras con la forma de vestir y los complementos en la ropa. Tres largos años se sucedieron entre interminables cartas a su querida Maggie y las visitas en verano a Brean. Como siempre, Jam, se esmeraba en que la casa estuviese tal y como Asa la recordaba, al igual que su habitación en la buhardilla. Paseaban por Everwood para recoger moras y el predicador se llenaba de orgullo cuando le acompañaba a la misa del domingo, y todos le comentaban que Asa se había convertido en un apuesto hombrecito, a pesar de sus lentes ahumadas, de las que jamás se desprendía.
Todo eran alegrías, hasta que una tarde de primavera en su último año en Pontin´s Asa recibió una terrible carta de Weston en la que decía que Maggie había fallecido a causa de escarlatina. Las lágrimas del muchacho estropearon el papel. La tinta negra se emborronaba haciéndose ininteligible. Asa acudió inmediatamente al funeral, acompañado de Jam y el predicador que ofició la misa por deseo expreso de la difunta antes de su muerte. Al verla allí, sin sus lentes, con su acostumbrada palidez extrema y su sedoso cabello negro, Asa, contuvo unas irrefrenables ganas de gritar, pero en lugar de eso, se acercó hacia el féretro y le dio un beso en la frente exangüe. Se despojó de sus lentes y la observó por última vez antes de que la tierra la sepultara para siempre.
Maggie había dejado una carta sobre su tocador en la casa de Weston, y el ama de llaves de la mujer se la entregó a Asa cuando estaba a punto de marcharse con Jam y Christopher.
De camino a Brean, Asa, leyó detenidamente línea a línea, regresando de vez en cuando a las anteriores. La sangre se arremolinaba en sus oídos y le obligaba a bostezar para despejar sus sentidos por la altitud del camino. Las colinas allí eran demasiado altas, y desde ellas se divisaba el mar. Entonces recordó su primer viaje a Brean por aquel mismo camino, el mismo que hacía tiempo había olvidado. “Qué efímera es la vida” pensó para sí, y a continuación les comunicó a sus padres que el próximo año iría a Oxford para estudiar magisterio, a lo que el predicador accedió de buen grado. Nunca dijo a nadie lo que Maggie escribió en aquella carta de despedida, pero lo que sí es cierto es que logró conciliar su alma y alentarle a volar a nuevas tierras extrañas, repletas de desconocidos aún más extraños.
Oxford era como una burbuja de jabón a punto de explotar. Un ciudad inmensa con edificios gubernamentales, instituciones pedagógicas dirigidas por eruditos y personas, miles de ellas por doquier. Transeúntes de calles y avenidas abarrotadas de estudiantes, honorables caballeros ingleses paseando del brazo con sus esposas. Cafés atestados de humo de tabaco de pipa y periódicos. Un nuevo universo se abrió ante Asa.
La vida en Oxford pasaba como un suspiro, a veces de aflicción; cuando pensaba el mucho tiempo que no veía a su añorada familia, e incluso le parecía escuchar la reverberante voz del predicador, o le parecía percibir el olor de los pasteles y el pan recién horneado de Jam; y otras veces de fascinación y amor a la vida; especialmente en la mañana de octubre en que conoció a Lianne. Una compañera de aula, recién llegada de París. A ella no le sorprendió en absoluto el hecho de que llevase lentes tintadas. En realidad a nadie le asombraba ese pequeño detalle en la exquisita indumentaria de Asa, pero el saber que ella encontraba distinguido el que un caballero llevase lentes le animó a invitarla a dar un paseo por el Kensington Park. El invierno allí era precioso, con un suelo que casi parecía bordado de encaje, con la blanca nieve extendiendo su manto. Aquella tarde se cogieron del brazo y Asa fue el hombre más feliz del mundo.
En su última carta a Brean, redactó a Jam y Christopher los últimos sucesos, la buena marcha de sus estudios, que finalizaban en dos meses. Así como las maravillas que albergaba el Bristish Museum de Londres, al que se había desplazado con su amada Lianne, sin mencionar la interminable lista de excelencias que le inspiraba la tan mencionada muchacha, con la que ya mantenía noviazgo oficial y serio. Sin embargo, Lianne, aún no conocía el secreto que Asa guardaba tan celosamente, y que incluso había olvidado mencionar, pues jamás se despojaba de sus lentes. En innumerables ella había insistido en ver sus ojos, pero el siempre eludía sus peticiones con algún halago a su belleza, o recitaba alguna cita de algún poeta. No obstante, el día en que su secreto ya no sería tal llegó.
Asa pensó en romper el misterio que le embargaba y que le había acompañado durante su existencia torturándole cada noche cuando se metía en la cama y se desprendía de las tan preciadas lentes de Maggie.
Aquella noche citó a Lianne en el restaurante de La Bohem para cenar. Allí le declaró su amor eterno y pidió su mano. La muchacha quedó conmocionada y al instante aceptó sin premisas, aunque seguidamente su blanca sonrisa se tornó en horror cuando Asa se quitó las lentes y la miró a los preciosos ojos pardos. Lianne apartó la mirada rechazando aquella imagen que le inspiraba pavor y aversión. Sin pronunciar ni una sola palabra, ella, se levantó y corrió hasta el vestíbulo por el que su ligero vestido de seda verde desapareció con sus sueños juntos para la eternidad.
Asa lloró y lloró sobre el mantel y las servilletas bordadas, sujetando el anillo de rubí que pensaba encajar en el dedo de Lianne. Sus lágrimas fluían sin cesar cubriendo cubiertos de plata y las copas de champagne. La gente en el restaurante lo miraban, afligidos. Caminó hasta la salida y paseó por las calles desiertas hasta horas insospechadas. Mientras Oxford dormía el lloraba y lloraba. Llegó a su apartamento en la residencia y continuaba llorando. Se echó sobre la mullida almohada y la empapó con su fuerte llanto inconsolable. Podría haber llorado durante días, semanas, meses, años, décadas, incluso lustros y siglos, pero su longevidad se lo habría impedido. Se durmió llorando y despertó con lágrimas. Cuando asomó su empapado rostro al espejo, contempló sus ojos, fascinado. No eran rojos, sino negros, como los del predicador. Su padre.
Aquí os presento a Alice, La voz de la sabiduría (si quereis hacer algo a derechas preguntadle a ella, es la más sensata del grupo) 
Empezamos la sección de literatura con un gran autor: Julio Cortázar.
Jules Florencio Cortázar (Bélgica, 26 de agosto 1914 - París, Francia 12 de febrero de 1984) fue un escritor argentino.Se le considera uno de los autores más innovadores y originales de su tiempo, maestro del relato corto, la prosa poética y la narración breve en general y creador de importantes novelas que inauguraron una nueva forma de hacer literatura en Latinoamérica, rompiendo los moldes clásicos mediante narraciones que escapan de la linealidad temporal y donde los personajes adquieren una autonomía y una profundidad psicológica pocas veces vista hasta entonces. Entre sus obras más conocidas están Rayuela,Todos los fuegos, el fuego, Las armas secretas o La vuelta al día en 80 mundos, entre otros.
De su ya legendario libro "Historias de Cronopios y de Famas" dejamos dos breves extractos de su peculiar "manual de instrucciones"
Aquí empezamos la sección donde iremos dejando constancia de nuestros gustos musicales. Hoy quería compartir con vosotros esta canción de Russian Red.
El tipo de la izquierda es Jason, el de la derecha Ben. Hermano de las Ideas y Oráculo, respectivamente.
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