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CARPE DIEM

La ceguera de la justicia

La ceguera de la justicia

     Las cinco de la tarde. Un sol de justicia bañaba el honorable y vetusto edificio en el que los magistrados se reunían como cada día. Hacía tiempo que un asesino en serie, uno de los más crueles que se recordaran en el país, no tuviera en jaque a los cuerpos de seguridad del Estado y a la sala de lo criminal del Tribunal de Justicia. A aquel tipo le gustaba matar en las altas esferas, tanto que varios miembros de aquella asamblea habían caído bajo su cuchillo, arma que manejaba con destreza, igual  que un dibujante con su carboncillo. Los escalofriantes y extraños tatuajes con latinismos que dejaba en los cuerpos de sus víctimas así lo atestiguaban.

     El pleno estaba reunido en su totalidad. Un silencio abrumador reinaba en la sala. Los asistentes aguardaban la prueba; una que arrojaría luz al asunto, pues al parecer el asesino se hallaba en las propias filas de aquel tribunal. Fue entonces, entre el constante ir y venir de miradas furtivas, algunas acusadoras, cuando su excelencia el magistrado De los Llanos comenzó su disertación. Su voz ronca y frágil a la vez se hizo audible, y fue como si una losa sepulcral cayera sobre el pleno de sabios. A lo largo de veinte minutos, que se hicieron interminables, el juez De los Llanos habló de un ser con ansia de poder desmesurado y astuto, no obstante también pronunció la palabra lunático, alguien perfeccionista en sus obras, y esta aún permanecía inacabada. La descripción de un perro salvaje que ha probado la sangre por primera vez parecía quedarse corta para asemejarse al individuo original. Mientras pronunciaba cada palabra sus ojos, pequeños, casi escondidos entre sus pobladas cejas nevadas se abrían de par en par, y al instante volvían a ocultarse temerosos.

     El siguiente turno de palabra fue cedido a un joven abogado criminalista de la policía, quien había pasado completamente desapercibido hasta que fue llamado a subir al estrado. Se oyeron toses y leves cuchicheos mientras el magistrado subía los peldaños de madera que crujían como si aquello fuese el presagio de algo inesperado. Después de esto, la sala volvió a quedarse hermética hasta que el orador extrajo de su negra toga una bolsita transparente con un minúsculo trozo de tela oscura. Los allí congregados comenzaron a ponerse en pie, todos menos uno, para poder divisar mejor el contenido de la bolsa.  Desde el estrado la asamblea parecía más bien un motín de viejas y cansadas hormigas que empezaban a ponerse nerviosas. Sólo una de ellas continuaba en su asiento como un monarca en su trono, sumido en un extraño sopor, mientras la imagen de figuras abigarradas frente al joven abogado le conferían un aspecto de ser divino dispuesto a castigar al insurrecto. El rostro del joven abogado se tornó alargado y su mirada felina. Fue en ese momento cuando elevó la bolsita para que todos pudieran comprobar que el trozo de tela rasgado pertenecía al puño de la toga que el asesino vestía la pasada noche. Un grupo de policías armados entró en la sala y cerró las puertas. El silencio volvió a aquel templo de justicia que se rompió por los aplausos frenéticos del único magistrado que aún permanecía sentado. Mientras lo hacía la deshilachada manga derecha se agitaba claramente visible. Una pareja de policías pidieron a su señoría que se pusiera en pie. Una leve sonrisa surcó los finos labios del juez que pronunció unas últimas palabras antes de abandonar la sala esposado:

- Me alegra comprobar que la justicia no es ciega, y si pensáis que a los que he castigado eran hombres de bien estáis equivocados. He librado al mundo de asesinos más crueles que yo.

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2 comentarios

Jason -

A mi también me ha gustado mucho. Eso de que el asesino sea el mismo juez es muy pero que muy interesante

Atticus McMannus -

Me pareció estupendo, Ben, al más puro estilo de John Grisham. Nada que envidiarle. Me encanta como sacas historias de la nada, las que trenzas con tan pocos materiales. Este relato me recordó a alguna escena de película, bien podría ser un trepidante final para una película en la que todo se decide en la vista final. ¿Recuerdas aquella historia del bisturí, el sol y la tienda de antigüedades? Creo que podrías continuarla de algún modo, o simplemente plasmarla. Puede sonar a peloteo, pero me gusta como escribes y me gusta leerlo.

Recibe un cordial saludo
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