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CARPE DIEM

Sección Literaria

Si (Rudyard Kipling)

Si  (Rudyard Kipling)
--------------------


Si puedes conservar la cabeza cuando a tu alrededor
todos la pierden y te echan la culpa;
si puedes confiar en tí mismo cuando los demás dudan de tí,
pero al mismo tiempo tienes en cuenta su duda;
si puedes esperar y no cansarte de la espera,
o siendo engañado por los que te rodean, no pagar con mentiras,
o siendo odiado no dar cabida al odio,
y no obstante no parecer demasiado bueno, ni hablar con demasiada sabiduria...

Si puedes soñar y no dejar que los sueños te dominen;
si puedes pensar y no hacer de los pensamientos tu objetivo;
si puedes encontrarte con el triunfo y el fracaso (desastre)
y tratar a estos dos impostores de la misma manera;
si puedes soportar el escuchar la verdad que has dicho:
tergiversada por bribones para hacer una trampa para los necios,
o contemplar destrozadas las cosas a las que habías dedicado tu vida
y agacharte y reconstruirlas con las herramientas desgastadas...

Si puedes hacer un hato con todos tus triunfos
y arriesgarlo todo de una vez a una sola carta,
y perder, y comenzar de nuevo por el principio
y no dejar de escapar nunca una palabra sobre tu pérdida;
y si puedes obligar a tu corazón, a tus nervios y a tus músculos
a servirte en tu camino mucho después de que hayan perdido su fuerza,
excepto La Voluntad que les dice "!Continuad!".

Si puedes hablar con la multitud y perseverar en la virtud
o caminar entre Reyes y no cambiar tu manera de ser;
si ni los enemigos ni los buenos amigos pueden dañarte,
si todos los hombres cuentan contigo pero ninguno demasiado;
si puedes emplear el inexorable minuto
recorriendo una distancia que valga los sesenta segundos
tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella,
y lo que es más, serás un hombre, hijo mío.

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres.

Si (Rudyard Kipling)

Si  (Rudyard Kipling)
--------------------


Si puedes conservar la cabeza cuando a tu alrededor
todos la pierden y te echan la culpa;
si puedes confiar en tí mismo cuando los demás dudan de tí,
pero al mismo tiempo tienes en cuenta su duda;
si puedes esperar y no cansarte de la espera,
o siendo engañado por los que te rodean, no pagar con mentiras,
o siendo odiado no dar cabida al odio,
y no obstante no parecer demasiado bueno, ni hablar con demasiada sabiduria...

Si puedes soñar y no dejar que los sueños te dominen;
si puedes pensar y no hacer de los pensamientos tu objetivo;
si puedes encontrarte con el triunfo y el fracaso (desastre)
y tratar a estos dos impostores de la misma manera;
si puedes soportar el escuchar la verdad que has dicho:
tergiversada por bribones para hacer una trampa para los necios,
o contemplar destrozadas las cosas a las que habías dedicado tu vida
y agacharte y reconstruirlas con las herramientas desgastadas...

Si puedes hacer un hato con todos tus triunfos
y arriesgarlo todo de una vez a una sola carta,
y perder, y comenzar de nuevo por el principio
y no dejar de escapar nunca una palabra sobre tu pérdida;
y si puedes obligar a tu corazón, a tus nervios y a tus músculos
a servirte en tu camino mucho después de que hayan perdido su fuerza,
excepto La Voluntad que les dice "!Continuad!".

Si puedes hablar con la multitud y perseverar en la virtud
o caminar entre Reyes y no cambiar tu manera de ser;
si ni los enemigos ni los buenos amigos pueden dañarte,
si todos los hombres cuentan contigo pero ninguno demasiado;
si puedes emplear el inexorable minuto
recorriendo una distancia que valga los sesenta segundos
tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella,
y lo que es más, serás un hombre, hijo mío.

Resplandor

He aquí la primera parte de un relatillo que escribí hace tiempo. Pronto lo terminaré y publicaré aquí el final. Espero que os guste.

Saludos

_____________________________________________

 

Habían pasado cinco minutos desde que cesó la lluvia, que había azotado con fuerza la ciudad; todo se encontraba húmedo aún. El chaparrón comenzó sobre las ocho de la tarde aproximadamente. Un amplio nubarrón apareció de la nada y se extendió con gran rapidez por el cielo urbano, envolviéndolo todo con su oscuridad.

 

La potencia del líquido elemento había ganado pronto la batalla a la ciudad y a sus habitantes, quienes poco a poco se fueron refugiando en sus hogares hasta dejar las calles prácticamente desiertas. El silencio sería total en ellas de no ser por el escaso tráfico que aún discurría por las principales vías.

 

Una de ellas, la Gran Avenida, sin embargo, permanecía en un estado de calma absoluta, únicamente interrumpido por el sonido lejano que producen unas gotas al caer sobre un charco. Algunas farolas arrojaban algo de luz sobre la vía, una luz pobre y fría, y todas parecían necesitar algún arreglo. De repente, la figura de un hombre surge sobre la acera y la primera farola de la hilera comienza a proyectar su sombra. Se trataba de un hombre bastante alto, rondaba los dos metros, y de complexión robusta. Vestía totalmente de negro y alrededor de su cuello llamaba la atención una bufanda de sencillo diseño. Su pelo era escaso y canoso, y por su rostro de mirada cansada se adivinaba que debía haber superado el medio siglo de vida. Con su mano derecha sujetaba una carpeta de cuero en la que guardaba, perfectamente ordenados según su fecha, los últimos informes que había redactado para su trabajo.

 

El sonido de sus pasos sustituyó al de las gotas de agua. A medida que avanzaba por la avenida se encontraba con algún contenedor de basura y con gran cantidad de bolsas apiladas junto a ellos. Caminaba muy cerca de la pared de los edificios, tanto que optó por situarse en medio de la acera, ya que los contenedores empezaban a suponer un obstáculo habitual.

 

Siguió andando. Pocos metros delante de él y a su izquierda se alzaba un nuevo montón de bolsas de basura; había tantas que era imposible distinguir si debajo de ellas había algún contenedor. Por un momento creyó escuchar un ruido, aunque no sabía muy bien qué era lo que podría haberlo producido. Era algo así como si las bolsas de plástico se agitaran, como si algo las moviera o incluso como si algo las rasgara. Se detuvo un instante. El sonido se repitió una vez más. Algo inquieto, se acercó lentamente hacia la bolsa que se encontraba más cerca de él. El sonido cesó mientras alargaba la mano para comprobar, por curiosidad, qué es lo que se escondía tras aquella bolsa negra.

 

Separó la bolsa del resto y apenas tuvo tiempo para contemplar dos pequeños y resplandecientes ojos verdes. Sus garras de felino callejero fueron a parar a la mano con la que había movido la bolsa, dejándole un profundo arañazo del que pronto brotaba la sangre. El gato saltó de su escondite y se alejó rápidamente del hombre; se volvió un momento para comprobar si le seguía y siguió su camino hasta perderse por un callejón...

Recomendaciones literarias

Recomendaciones literarias

Estimados carpedianos,

Hoy me dirijo a vosotros para realizar una serie de recomendaciones literarias que seguro os gustarán.

La primera es una novela reciente, de marzo de este año. Se llama La puerta de los tres cerrojos y su autora es Sonia Fernández-Vidal, Doctora en Física Cuántica y colaboradora del CERN. La historia nos explica de forma muy amena todos los intríngulis del universo cuántico, que tiene taaaantas posibilidades. Para más información podéis visitar su página web: http://www.lapuertadelostrescerrojos.com/

La siguiente se titula Hablemos de Ciencia, del periodista José Manuel Nieves, actualmente responsable del área de ciencia y tecnología del diario ABC. En esta obra se explica la ciencia desde un punto de vista muy general, una obra que seguro divulgará esos conocimientos científicos para todos los públicos. Más información sobre el autor y su obra en su blog: http://www.abc.es/blogs/nieves/autori.asp?chi=Jose%20Manuel%20Nieves.

Ya por último me quedaba una última recomendación, y es que acaba de entrar en funcionamiento la versión española de Amazon.com. No es la primera vez que compro con ellos y puedo destacar un servicio impecable, no como otras empresas que podría nombrar, pero que prefiero callarme. Tienen un amplio catálogo de obras físicas (eso sí, nada de libros electrónicos de momento), DVD, videojuegos, etc. Podéis obtener más información en: http://www.amazon.es/

Saludos

LO QUE SÉ DE LOS VAMPIROS

LO QUE SÉ DE LOS VAMPIROS

Tenía pendiente la lectura del Premio Nadal 2007 desde hace tiempo y sólo ahora me he puesto al día. Con grata sensación, además, ya que Lo que sé de los vampiros del barcelonésFrancisco Casavella es una buena demostración de porqué el Nadal sigue siendo el premio de novela por excelencia de España a pesar del transcurso los años. Porque premia lo bueno, y Casavella tiene uno de los mejores estilos que haya tenido ocasión de leer en un escritor contemporáneo. Sin embargo la novela que tenemos entre manos quizás no esté a la misma altura en el fondo como en cuánto a la forma, y es que se echa de menos un espinazo argumental más sólido en el que amarre la arquitectura del lenguaje del autor.

La historia nos sitúa en el siglo XVIII en la persona de Martín de Viloalle, hijo menor de un noble gallego y destinado desde la cuna a entrar en la Compañía de Jesús. De carácter introvertido y esquivo, Martín desarrolla una manía por la pintura que se convierte en venganza, mediante la caricatura, de la humillación y el desdén que le provoca su entorno. La expulsión de los jesuitas de España le sorprenderá siendo novicio, y tomará la inexplicable decisión de seguirles en el exilio. Esta será la primera de sus muchas partidas y varias afiliaciones, que le llevarán a vivir una vida precaria y transitoria de la Roma papal a los principados alemanes hasta abocar en el París de la Revolución.

Ramira, Ugarit y Nueva Génesis (?)

Ramira, Ugarit y Nueva Génesis (?)

Estimados carpedianos,

 

Os escribo para comunicaros un par de cosillas ciertamente interesantes. Por una parte, tal y como me ofrecí, retomé el libro de Ramira la vampira y me comprometo a desarrollar el capítulo 4 a partir de donde se quedó. Ya he escrito un poco y tengo algunas ideas que pueden quedar muy bien en la trama.

 

Por otra parte, ya ha comenzado el proceso de documentación y estructuración de una novela que voy a escribir junto con Ben McAlistair. Por lo que llevamos hablado y planteado hasta ahora, suena muy bien, pero por el momento sólo os diremos que está basado en el yacimiento arqueológico de la fantástica Ugarit, ubicada en Siria. Esperamos poder empezar pronto a escribir capítulos que den lugar a una novela muy recomendable.

 

Finalmente, me gustaría saber cuándo vamos a empezar la Web novela de la que hablamos, Nueva Génesis, aunque no sé si finalmente tendrá ese nombre. Sinceramente creo que el nombre es lo de menos, y es lo que se puede decidir al final, cuando vayamos a editar, maquetar y tal. Pero bueno, no adelantemos acontecimientos, lo primero es organizarlo todo y empezar, luego ya se verá.

 

Un saludo a todos y todas y hasta la próxima.

Atticus McMannus

LLEGA EL PRIMER PRESENTE

LLEGA EL PRIMER PRESENTE

Para todos los amantes de la buena poesía, os presentamos el nuevo libro de poemas de Atticus Mcmannus "El primer presente" con escritos frescos y diferentes, sensuales y románticos, ideales para leerlos al calor de un abrazo, al arruyo de un corazón palpitante. Sin duda una obra maestra. Disfrutadlo.

P.D. podeis conseguirlo en Bubok a tan sólo 7,75€

EL CANTO DE LAS TIERRAS LEJANAS VE LA LUZ

EL CANTO DE LAS TIERRAS LEJANAS VE LA LUZ

Al fin lo hemos conseguido carpedianos. Quiero compartir mi alegría con vosotros; El canto de las tierras lejanas ya está a la venta en Bubok, hoy mismo he recibido en casa un ejemplar. Es indescriptible tener tu obra impresa y en papel en tus manos, algo escrito de tu puño y letra con olor a imprenta y pasta de diseño. Es un gran día para mí, como el nacimiento de algo esperado y más que deseado. Gracias a todos los que me han apoyado en este proyecto. Pues ya sabeis, ahora sólo os queda comprarlo jejeje Guiño y por supuesto leerlo.

P.D. podeis conseguirlo en Bubok a tan sólo 9,67€

 

En la retaguardia

Aqui estoy,

en la retaguardia.

Esperando a un enemigo

que nunca llega.

Me hago fuerte,

olvidando

que no tengo a nadie

con quien combatir.

Pasan mis días

mientras hago acopio

palabras, razones, sueños,

con los que resistir

el largo invierno

                         de tu ausencia.

No necesito más

No necesito más

Estimados amigos,

 

¿Cómo va todo? Espero que muy bien. Por aquí ando un poco estresadillo, pero nada grave. En unos días todo vuelve al relaxxxx habitual.

Ya había pasado mucho tiempo desde que no publicamos nada aquí, así que me animé con otro de mis poemas. Espero que os guste.

Un abrazo


No necesito más que una sonrisa

para saber que te tengo cerca,

que estás ahí cuando te necesito,

que eres capaz de inmolarte por mí.

Sólo preciso una furtiva mirada

para descubrir la profundidad de tu alma,

la claridad de tus pensamientos,

la templanza de tu espíritu.

Me basta una sola de tus caricias

para avivar el fuego de mis entrañas,

percibir el deseo en el aire,

para canjear mis sueños por una pasión real.

Déjate robar uno de esos besos escurridizos,

suelta con él un suspiro contenido,

y antes de caer en el pozo del olvido,

libera todos tus sentimientos reprimidos.

 

 

La ceguera de la justicia

La ceguera de la justicia

     Las cinco de la tarde. Un sol de justicia bañaba el honorable y vetusto edificio en el que los magistrados se reunían como cada día. Hacía tiempo que un asesino en serie, uno de los más crueles que se recordaran en el país, no tuviera en jaque a los cuerpos de seguridad del Estado y a la sala de lo criminal del Tribunal de Justicia. A aquel tipo le gustaba matar en las altas esferas, tanto que varios miembros de aquella asamblea habían caído bajo su cuchillo, arma que manejaba con destreza, igual  que un dibujante con su carboncillo. Los escalofriantes y extraños tatuajes con latinismos que dejaba en los cuerpos de sus víctimas así lo atestiguaban.

     El pleno estaba reunido en su totalidad. Un silencio abrumador reinaba en la sala. Los asistentes aguardaban la prueba; una que arrojaría luz al asunto, pues al parecer el asesino se hallaba en las propias filas de aquel tribunal. Fue entonces, entre el constante ir y venir de miradas furtivas, algunas acusadoras, cuando su excelencia el magistrado De los Llanos comenzó su disertación. Su voz ronca y frágil a la vez se hizo audible, y fue como si una losa sepulcral cayera sobre el pleno de sabios. A lo largo de veinte minutos, que se hicieron interminables, el juez De los Llanos habló de un ser con ansia de poder desmesurado y astuto, no obstante también pronunció la palabra lunático, alguien perfeccionista en sus obras, y esta aún permanecía inacabada. La descripción de un perro salvaje que ha probado la sangre por primera vez parecía quedarse corta para asemejarse al individuo original. Mientras pronunciaba cada palabra sus ojos, pequeños, casi escondidos entre sus pobladas cejas nevadas se abrían de par en par, y al instante volvían a ocultarse temerosos.

     El siguiente turno de palabra fue cedido a un joven abogado criminalista de la policía, quien había pasado completamente desapercibido hasta que fue llamado a subir al estrado. Se oyeron toses y leves cuchicheos mientras el magistrado subía los peldaños de madera que crujían como si aquello fuese el presagio de algo inesperado. Después de esto, la sala volvió a quedarse hermética hasta que el orador extrajo de su negra toga una bolsita transparente con un minúsculo trozo de tela oscura. Los allí congregados comenzaron a ponerse en pie, todos menos uno, para poder divisar mejor el contenido de la bolsa.  Desde el estrado la asamblea parecía más bien un motín de viejas y cansadas hormigas que empezaban a ponerse nerviosas. Sólo una de ellas continuaba en su asiento como un monarca en su trono, sumido en un extraño sopor, mientras la imagen de figuras abigarradas frente al joven abogado le conferían un aspecto de ser divino dispuesto a castigar al insurrecto. El rostro del joven abogado se tornó alargado y su mirada felina. Fue en ese momento cuando elevó la bolsita para que todos pudieran comprobar que el trozo de tela rasgado pertenecía al puño de la toga que el asesino vestía la pasada noche. Un grupo de policías armados entró en la sala y cerró las puertas. El silencio volvió a aquel templo de justicia que se rompió por los aplausos frenéticos del único magistrado que aún permanecía sentado. Mientras lo hacía la deshilachada manga derecha se agitaba claramente visible. Una pareja de policías pidieron a su señoría que se pusiera en pie. Una leve sonrisa surcó los finos labios del juez que pronunció unas últimas palabras antes de abandonar la sala esposado:

- Me alegra comprobar que la justicia no es ciega, y si pensáis que a los que he castigado eran hombres de bien estáis equivocados. He librado al mundo de asesinos más crueles que yo.

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Sangre y tierra

Qué triste morir por un puñado de tierra
y más lo es aún hacerlo creyendo en que
los tuyos heredarán lo que les corresponde.

Qué lamentable derramar sangre propia y ajena
pensando que así se conseguirá lo que
ni siquiera se intentó con la palabra.

Qué insensatez ponerle vallas al campo,
aquí o allá, intentando limitar mentes,
cortar alas o segar sueños.

Qué estúpidos quienes mueren o matan por una ideología,
si sabemos que son causas ya muertas.
No lucho por una bandera ni por defender una propiedad,
sino por algo en esencia noble:
llámese dignidad humana, respeto o tolerancia.

EL VIAJERO DE MEDIANOCHE

EL VIAJERO DE MEDIANOCHE

EL VIAJERO DE MEDIANOCHE

 

La noche era fresca y la luna llena brillaba sobre el letrero del hostal del que pendía un aviso de “estamos completos”. Aquel fin de semana se había vaticinado con un frenesí de idas y venidas de viajeros, azarosos en sus itinerarios programados. Sin embargo, la madrugada estaba transcurriendo tranquila y sin ningún incidente. A decir verdad, como casi siempre.

Marco era uno de esos chicos que la gente tacha de raros, por el simple hecho de no ser demasiado hablador. Por esta y otras razones, tales como su introversión y su desmesurada timidez, Marco, aceptó gustoso el empleo como recepcionista nocturno. De noche todo es diferente, la gente no habla por hablar y dice la primera estupidez que se le pasa por la cabeza. Los clientes apenas te dirigen la palabra, a no ser para un fugaz “gracias” un “muy amable” o el ansiado “buenas noches”.

 Todo parecía indicar que sería otra aburrida noche cuando la puerta automática de la entrada se abrió. Marco echó una ojeada fugaz a las cámaras de vigilancia pero no logró ver a nadie. Sin embargo, le fue del todo imposible reaccionar con su acostumbrado alarde de cortesía y buenas maneras ante el extraño que de improviso se hallaba frente al mostrador de la recepción haciendo un desagradable ruido con las uñas sobre la madera.

- Buenas noches caballero – pronunció el inesperado huésped. Y ante la atónita mirada del joven recepcionista continuó con voz serena. – Espero no haberle asustado.

- Buenas noches, señor, eh...no, no se preocupe – contestó Marco, aparentando normalidad.

- Quería una habitación para esta noche – prosiguió el extraño individuo, que dejó perplejo al muchacho que observaba el rostro alargado  de facciones marcadas del extranjero. Marco trató de escudriñar en los ojos del viajero, pero cuando lo miró fijamente, éste le devolvió una mirada fría como el hielo, los grises ojos bajo las pobladas cejas eran como una tormenta a punto de estallar. Incluso la nariz aguileña le confería el aspecto de un animal salvaje, excepto por sus labios, finos como líneas bien dibujadas, pero exentas de realismo, de vida.

- Muy bien, señor. ¿Quiere parking para el coche? – preguntó Marco con una intranquilidad que nunca antes había sentido.

- No será necesario, joven, los transportes modernos no gozan de mi confianza – contestó el visitante a la vez que llevaba una de las alargadas manos a la cabeza, se pasó las yemas de los dedos por las negras sienes, y fue cuando Marco se percató de la larga melena oscura que caía casi a la altura de la cintura, cubriendo el negro abrigo del distinguido caballero. A juzgar por su fisonomía, Marco, habría jurado que la edad del particular huésped rondaría los cuarenta y cinco años, pero algo en sus felinos ojos le advertía de que se equivocaba.

- Por su acento deduzco que no es de por aquí. ¿Está en la ciudad por negocios? ¿O es sólo un viaje de placer? – de repente, Marco, se vio a sí mismo indagando, preguntando acerca de la vida de otra persona. Nunca hasta ahora le habían interesado lo más mínimo los asuntos privados de otra persona. Él odiaba esa forma de proceder, pero aquel caballero de negro le intrigaba y a la vez le causaba un pavor inusitado.

- Digamos que hace siglos que no salgo a estirar las piernas. Si, podría decirse que es un viaje de placer y conocimiento.- La respuesta del viajero le heló la sangre. Sus palabras salieron de sus labios inexistentes como de una caja vacía y polvorienta. Penetrantes pero con un tono de crueldad muy sutil.

- Muy bien, señor. ¿Necesitará ayuda con su equipaje? – volvió a preguntar, ahora más inquieto que antes.

- No, me gusta ir ligero. De donde yo vengo las costumbres son diferentes a las suyas, así que creí más acertado comenzar aquí de cero.- En ese instante el hombre se detuvo y observó a Marco con tanta atención que el muchacho sintió como si sus negras pupilas cambiaran de color y lo traspasaran.

El recepcionista tosió para liberar la tensión que sentía en aquel momento y entonces el insólito huésped continuó hablando pero sin apartar sus ojos del joven, como un lobo sobre su presa.

- Ya sabe lo que dicen; “allá donde fueres, haz lo que vieres” – el viajero terminó de decir esto y esbozó una sonrisa tan leve como el contorno de un eclipse, dejando asomar tímidamente sus blancos dientes.

- Entonces piensa quedarse un tiempo por aquí – afirmó Marco, que empezó a notar un pequeño mareo, acompañado de un zumbido sordo en la cabeza.

- A decir verdad, pienso acomodarme en su maravillosa ciudad, aunque preveo que no para siempre.- Sus palabras sonaron como el acero en la cabeza de Marco, que empezó a notar cómo un sudor frío le empapaba la frente. Ahora la figura del extraño parecía más alargada y su sombra difusa comenzó a vagar a su antojo sin rumbo por el vestíbulo de la recepción. Marco dio un respingo, pero el oscuro viajero no hizo ningún gesto.

- ¿Se encuentra bien joven? – preguntó sin apenas despegar los labios para pronunciar aquellas palabras. Marco se pellizcó los ojos. Fue tan sólo un segundo pero al abrirlos de nuevo aquel lóbrego visitante no estaba frente a él.

Un grito agudo escapó del cuerpo de Marco cuando se dio la vuelta y encontró tras él al huésped. Sus labios eran ahora como dos surcos abiertos en la tierra, y sus incisivos, aguzados como aguijones. Marco estaba petrificado de horror, tanto que pensó que se desplomaba sobre el mármol del suelo. Su nuevo cliente reía con un espeluznante sonido que abotargaba la cabeza del muchacho.

- Dime ¿no es ahora cuando me preguntas mi nombre y si tomaré desayuno por la mañana? – pronunció el vampiro a la vez  que asía al joven recepcionista con las longevas manos, que ahora eran como las garras de una bestia enfurecida.

Antes de desmayarse, Marco, recordó como los sanguinolentos ojos del viajero se acercaban más y más a su rostro haciéndole perder incluso la razón. Tan sólo, unas últimas palabras permanecieron en sus recuerdos – Te elijo a ti para ser mi guía y sacarme de la decadencia, tú me enseñarás cómo he de vestirme, a dónde he de ir para saciar mi hambre, a dónde para deleitar mis sentidos, a dónde....

EL CUENTO DE CAPERUCITA CONTADO POR EL LOBO

Hola amigos, hablando de cuentos, me he acordado de un ejercicio del curso pasado de guión, en el que teníamos que contar el cuento de caperucita como un monólogo protagonizado por uno de sus protagonistas.  Yo elegí el lobo feroz para que nos diera su versión.  He aquí el resultado. Espero que os guste ;-)

MONÓLOGO DEL LOBO FEROZ

Pues yo soy el lobo, señores.  Y por culpa de la gente, que nos ha criminalizado a mí y a todos los compañeros del sector, me encuentro ahora en el cielo de los lobos.  Sí, han oído bien, en el cielo, no en el infierno, pues no he sido tan malo como dicen por ahí.  Aquí va mi versión de los hechos:

 

Estaba yo tan tranquilamente paseando por el bosque, cuando se me acerca una niña vestida de rojo y me ofrezco – con gran generosidad – a ayudarla.

-          ¿A dónde vas, niña? – le pregunto,

-          A casa de mi abuelita - me dice.

Entonces, digo yo, ¿para qué narices se para media hora y se pone a recoger margaritas?  O sea, porque uno tiene un límite.  Una cosa es que me esté rehabilitando y me contenga las ganas, pero caramba, no tientes a tu suerte.  Que uno no es de piedra.

 

Total, que de milagro no me la comí allí mismo.  Que ahora lo pienso, y debí haberlo hecho.  Mejor me hubiera ido. 

Yo sé que el cuento dice que me dirigí a la casa de la abuelita de la niña y que en el lugar de autos me zampé a la susodicha.  Pues no es del todo así, oigan.  Lo que pasa es que andaba yo buscando algo de comer (lo que es cada vez más difícil, porque el bosque, con la crisis está muy mal), y me encontré con la casita de la abuelita de los huevos.  Total, que yo tenía pensado hacerme un guiso, pero me faltaba hierbabuena y como las abuelas estas tienen de todo, pues decidí preguntarle. 

 

Y en qué momento.  Va la vieja y nada más verme empieza a gritar.  Y yo que sólo quería un pelín de hierbabuena…  Pensarán ustedes que gritaba de miedo, de terror.  Pues no, gritaba de indignación.  Que cómo me atrevía a llamar a su puerta, a molestarle en su siesta, que si era un sinvergüenza, y otras cosas muy feas que no digo por no ofenderles.  Y claro, pues ahí todos los animales mirando la escena, que si los conejos, que si las ardillas, los pájaros, las cotorras (que son muy cotorras).  Y yo no podía dejar pasar esa afrenta.  No, porque no, porque en el bosque todos nos conocemos. Yo me bajo hoy los pantalones ante una anciana y mañana el cachondeo está servido.  Y es peligroso andarse con mojigangas en el bosque.  Ustedes ya me entienden.

 

Así que me la zampé.  Si señor.  Y no me arrepiento.  Que uno es lobo y no un hamster, que puñeta.  Qué daño nos ha hecho Walt Disney.  Pero en fin, eso no es lo peor.  Hasta ahí, todo marchaba medianamente normal.  Lo peor vino luego, cuando ya de perdidos al río, me decidí a esperar a la niña. Y es que es lo que tiene, que se pone uno a comer, y ya no para.

 

Y ahora viene una parte delicada de la historia.  Me vestí con la ropa de la abuela y me metí en la cama.  Sí, yo sé que esta parte siempre ha despertado suspicacias.  Que si yo soy un travelo, que si quería montarme algo sado con el cazador.  Pues no, fue una inocente idea.  Porque claro, después del recibimiento de la abuela, imagínate que abro la puerta y le digo a la niña que me he comido a su abuela.  Los gritos se oyen hasta en Nepal.  Pero en qué momento, oigan.  ¿Por qué no saldría de allí?.  Que tarde más mala.

Total que llega la niña y tenemos una conversación surrealista:

-          Abuelita, abuelita, ¡qué ojos más grandes tienes!

-          Son para verte mejor – dije yo imitando la voz de la abuela

-          Abuelita, abuelita, ¡qué orejas más grandes tienes!

-          Son para oirte mejor

-          Abuelita, abuelita, ¡qué dientes más grandes tienes!

En este punto ya decidí que había llegado el momento de zanjar la conversación. Que no conducía a ninguna parte, por otro lado.  Así que me abalancé sobre ella y me la comí. Pero no la hice mucho daño, eso es la pura verdad.  No se cuenta eso nunca, pero ni a la abuela ni a la niña les hice daño.  Simplemente, de un bocado, sin masticar siquiera…

Pero ¡Ay! Ellos si que me hicieron daño... 

 

De entrada, me quedé un poco traspuesto, después de la comida.  Y lo primero que veo cuando me despierto es a dos tipos rasgándome la tripa con un cuchillo.  Eso duele.  Y después, como si no fuera suficiente con eso, va el otro y le dice que me “van a castigar”  ¡Que me van a castigar!. Tocate los cojones. O sea, como si abrirte en canal fuera una broma.  

 

Y vaya, sí que me castigaron, sí.  Se quedaron a gusto. Me llenaron el estómago de piedras y me tiraron en el río (no me bañé yo, eh, me tiraron, que conste). 

 

Y después de todo esto, digo yo, ¿quién es aquí el “lobo feroz”?

DESIDERATA BY BETTY

Una gran amiga me regaló estas palabras de aliento y consecución de metas cuando fuimos compañeros durante un largo y feliz año. Gracias Betty Guiño

DESIDERATA

 

Ve placidamente entre el ruido y la prisa. Recuerda que la paz puede estar en el silencio. Sin renunciar a ti mismo, esfuérzate por ser amigo de todos. Di tu verdad claramente, quietamente.

Escucha a los otros, aunque sean torpes e ignorantes; cada uno de ellos tiene también una historia que contar.

Evita a los ruidosos y agresivos, porque ellos denigran el espíritu. Si te comparas con los otros puedes convertirte en un hombre vano y amargado; siempre habrá cerca de ti alguien mejor o peor que tu. Alégrate tanto de tus realizaciones como de tus proyectos.

Ama tu trabajo, aunque sea humilde, es el tesoro de tu vida. Sé prudente en tus negocios, porque en el mundo abundan las gentes sin escrúpulos. Pero que esta convicción no te impida la virtud; hay muchas personas que luchan por hermosos ideales y donde quiera, la vida está llena de heroísmo.

Sé tu mismo. Sobretodo no pretendas disimular tus inclinaciones. No seas cínico en el amor, porque cuando aparece a aridez y el desencanto en el rostro, se convierte en algo tan perenne como la hierba.

Acepta con serenidad el consejo de los años y renuncia sin reserva a los dones de la juventud. Fortalece tu espíritu para que no te destruyan inesperadas desgracias. No te crees falsos infortunios. Muchas veces, el miedo es producto de la fatiga y la soledad. Sin olvidar una justa disciplina, sé benigno contigo mismo. No eres más que una criatura en el universo, no menos que los árboles y las estrellas; tienes derecho a estar aquí. Y si no tienes ninguna duda el mundo se desplegará ante ti.

           Ben McAllister

                             

 

Breverso

Breverso

Hola chicos, me alegra de empezar a escribir aquí en el blog, de que mañana mismo empezamos el taller literario. ¡Qué ganicas tenía de escribir de una vez! De momento no tengo ningún relato, aunque en breve quiero empezar alguno. Por lo pronto os dejo aquí un poema que escribí tiempo ha. Espero que os guste.

Saludos cordiales

Atticus McMannus

 

Pierdo el norte

Sopla viento de poniente

y el sol desaparece bajo las aguas.

La corriente tira de mí.

Una oscuridad inédita me sepulta

hasta casi asfixiarme.

El ojo del huracán me hace girar

con los brazos en alto.

Quedo sin aliento cuando el ente

me deposita sobre el lecho marino.

La tensión desaparece y contemplo

absorto una bóveda líquida sobre mí,

serena a mi alrededor,

revuelta en el exterior.

Es entonces cuando una luz interior

explota y lo invade todo, cegándome.

El resto es calma.

Las mil y una notas

A continuación mi último relato.  Espero que os guste...

Jason

LAS MIL Y UNA NOTAS

Todos los días él le dejaba una nota de amor en la recepción del hotel.  No la dejaba en su habitación, no porque no supiera cual era, o por vergüenza, sino por respeto.  En el hotel ya le conocían todos, era un hotel muy lujoso y caro, con mucho personal, con botones, con varios mozos que subían el equipaje, con un espacioso y lujoso hall de entrada y con varios recepcionistas que siempre tomaban con cariño las notas que el hombrecito escribía para la huésped del 311.

La que no tomaba con cariño las notas era la huésped del 311.  Siempre se burlaba de ellas en voz alta, y haciendo una mueca de fastidio, con gestos grandilocuentes para que quedase claro su postura, rompía en mil pedazos la nota y se marchaba con paso decidido del hotel.  Así cada mañana.

En un ritual que se repetía siempre, todos los días, el hombrecito (llamémosle así porque era bajito y con aspecto algo desaliñado), dejaba la nota para la huésped. Después se marchaba y la nota se quedaba cuidadosamente doblada esperando a que llegase la huésped, que por desgracia para la nota, significaba morir despedazada en mil pedazos.  Así un día tras otro.

Cuando digo un día tras otro, es un día tras otro, laborales, festivos, todos.

Las notas eran siempre diferentes, y había que reconocer que poseían cierto ingenio.  A veces eran ingenuas, del tipo de “me gustaría salir contigo, si quisieras ser mi amiga…” otras eran más arriesgadas como “esta mañana brilla especial y es porque me vas a leer”, a veces eran decididamente cursis, otras muy serias y sinceras, pero siempre románticas, siempre destilaban amor, un amor romántico y cortés por la huésped de la 311.

Un día, después de mil, sucedió algo extraordinario.  El hombrecito no apareció.  Todos en la recepción del lujoso hotel se preguntaban que podía haberle ocurrido.  Porque todos daban por hecho que algo grave tenía que haberle sucedido para que no cumpliese a su cita diaria con la nota doblada; tal era la costumbre ya instituida de verle.  Una chica que ayudaba en el vestidor del hotel comentó que quizás el hombrecito se había cansado simplemente de ir todos los días, dejar su nota y obtener la misma (mala) respuesta todos los días.  Todos concluyeron apesadumbrados que igual tenía razón, aunque en el fondo ninguno lo quería creer.  Les hacía ilusión ver al hombrecito todos los días en el hotel, con ese afán inquebrantable, con esa ilusión siempre intacta, con esa fe que en realidad no sabían de donde provenía pues la huésped de la 311 no había dado ni el menor indicio de tomarle en serio, antes al contrario, cualquiera pensaría que le odiaba.

Así sucedió que ese día cuando la huésped de la 311 pasó por recepción y no vio la habitual notita doblada esperándola, preguntó si es que hoy no le habían dejado nada.  Cuando el recepcionista le respondió un tanto apesadumbrado que no, ella le miró durante un largo momento y haciendo ademán de no darle importancia dio media vuelta y se fue, como siempre, rumbo a la salida.

Pero esta vez su paso le parecía menos firme, menos seguro.  No pudo evitar preguntarse  por lo que podía haber pasado. No daba crédito a lo que sentía: una cierta decepción por no tener su habitual nota del hombrecito, después, molesta por haber sentido esa debilidad se corrigió a sí misma diciendo:  “Bah, es igual.  Mañana aparecerá, o si no, es que ya se ha cansado de molestarme.  Ya era hora”

Pero interiormente, sentía que le faltaba algo aquel día.  Sentía que echaba de menos la nota, y por mucho que quisiera olvidar ese sentimiento, este volvía con más fuerza a su cabeza.

Al día siguiente, se levantó y mientras iba bajando en el ascensor su cabeza no paraba de preguntarse si habría nota o no.  Impaciente, llegó a la recepción buscando con mirada anhelante al recepcionista de guardia.

Ése día tampoco tenía nota.  Esta vez no pudo disimular -ni quiso- un profundo gesto de desilusión.  Caminó con paso resignado y lento hasta la salida, a enfrentarse a un nuevo día, en el que sin saber por qué, el sol brillaba mucho menos de lo habitual.

Cuando ya estaba a punto de cruzar el umbral de la puerta principal, una voz conocida le inquirió desde el recibidor donde el hombrecito estaba sentado en un confortable sillón. Se volvió y la voz le llamó con un nombre que no había escuchado en años. Era su nombre de soltera.

"No te había dejado nota, porque yo también quería que me echases de menos.  No por mí, que no espero nada, ni nunca lo he esperado.  Sino por ti.  Quería que te dieras cuenta de lo que te importo.  Más de lo que te imaginabas, ¿verdad?. 

La huésped del 311 se quedó muda, sin saber que decir

"Tu crees que yo he tenido fe todos esos años, pero en realidad siempre supe que te importaba un poquito, sino, dime tú porque, todos los días lo primero que haces es mirar si tienes una nota mía, y si la tienes, la lees antes de romperla..." 

...ahora que sabes lo que te importo, es hora de que te pregunte:

¿Quiéres seguir siendo mi esposa otros mil días más?

Joan Margarit

Joan Margarit i Consarnau (Sanahuja, Lleida, 1938) es poeta, arquitecto y catedrático español de Arquitectura en Barcelona.

Margarit, es uno de los poetas más importantes en lengua catalana, si bien el se define bilingüe y de hecho, muchos de sus libros de poesía ha sido publicado en castellano y catalán simultáneamente.   Es arquitecto y catedrático de Cálculo de Estructuras de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Barcelona, ya jubilado. Su primer poemario, en castellano, lo publicó en 1963, volvió a publicar en 1965 y después de un largo paréntesis de diez años escribió Crónica. A partir de 1980, inicia con L’ombra de l’altre mar, su obra poética en catalán, en la que aparecen títulos como Vell malentés, El passat i la joia o, más recientemente, Calcul d’estructures, a las que se suma las antología Trist el qui mai no ha perdut per amor una casa.

Se han publicado en castellano y catalán, además de Crónica, Luz de lluvia, Edad roja, Aguafuertes, Estaciò de França, Los motivos del lobo, Joana -dedicado a su hija fallecida- y El primer frío. En el 2008 recibió el Premio Nacional de Poesía por Casa de Misericordia.

Deciros que es un poeta que al margen de escuelas y tendencias cultiva su propio estilo, basado en un intimismo que crea un vínculo con el lector, usando frecuentemente la segunda persona del singular en poemas que transmiten realismo, sinceridad (a veces desgarradora) y una gran melancolía.  En sus poemas muchas veces se cuelan personajes famosos o cinematográficos, músicos de jazz (una de sus grandes pasiones), lugares y personas reales.

He aquí algunos poemas escogidos (por mí ;-)

La muchacha del semáforo

 Tienes la misma edad que yo tenía
cuando empezaba a soñar en encontrarte.
No sabía aún, igual que tú
no lo has aprendido aún, que algún día
el amor es esta arma cargada
de soledad y de melancolía
que ahora te está apuntando desde mis ojos.
Tú eres la muchacha que yo estuve buscando
durante tanto tiempo cuando aún no existías.
Y yo soy aquel hombre hacia el cual
querrás un día dirigir tus pasos.
Pero estaré entonces tan lejos de ti
como ahora tú de mí en este semáforo.

Piscina

No le temía al agua, sino a ti,

era tu miedo lo que yo temía,

y este lugar profundo

donde desaparecen las baldosas.

Me arrastraste hacia allí, recuerdo aún

la fuerza de tus brazos obligándome,

mientras trataba de abrazarme a ti.

Aprendí a nadar, pero más tarde,

y olvidé muchos años aquel día.

Ahora que ya nunca nadarás,

veo a mis pies el agua azul, inmóvil.

comprendo que eras tú quien se abrazaba

A mí para cruzar aquellos días.

 

La enfermedad y la muerte de su hija Joana, aquejada del síndrome Rubinstein-Taybe con sólo treinta años es uno de los ejes vertebradores de su obra, apareciendo en más de un poema y con un libro dedicado a ella, el conmovedor Joana, del que es el siguiente poema:

Mientras tú duermes
A Joana 


En la plaza humillada por la lluvia
miro la alta ventana iluminada
que no quiero perder: no he de rendirme
a la condena de la vida.
Este no es ni un lugar de la ciudad:
nadie en los bancos y, sobre la arena,
los charcos que reflejan
la luz del rótulo del hospital.
El cristal de las puertas automáticas,
que la luz del vestíbulo ilumina,
de vez en cuando se abre y deja paso
a una oscura figura rutinaria.
Unas muletas cruzan,
invisibles, la calle y se aproximan
a uno de los coches aparcados,
el nuestro, en el que iremos en silencio
bajo la lluvia hacia el dolor futuro.
Tu calidez ha sido tan efímera.
Triste felicidad la de esta calma
mientras recuerdo
cuando tú y yo teníamos mañanas
que nos guardaban las miradas.
Tenía tanto miedo
a tener que dejarte sola un día.
Por débil y pequeña que la luz
sea en la oscuridad, es mi consuelo:
no habrá más desamparo ya que el mío
. 

La espera
Te están echando en falta tantas cosas.
Así llenan los días
instantes hechos de esperar tus manos,
de echar de menos tus pequeñas manos,
que cogieron las mías tantas veces.
Hemos de acostumbramos a tu ausencia.
Ya ha pasado un verano sin tus ojos
y el mar también habrá de acostumbrarse.
Tu calle, aún durante mucho tiempo,
esperará, delante de tu puerta,
con paciencia, tus pasos.
No se cansará nunca de esperar:
nadie sabe esperar como una calle.
Y a mí me colma esta voluntad
de que me toques y de que me mires,
de que me digas qué hago con mi vida,
mientras los días van, con lluvia o cielo azul,
organizando ya la soledad.

Hoy viene a Granada a presentar su último libro "Misteriosamente Feliz" muy cerquita de casa.  Si voy a verlo ya os cuento como ha ido...                                                             Jason

                                                            

La máquina del tiempo

Aquí os dejo un relato que he escrito estos días, a ver que os parece.

 

LA MÁQUINA DEL TIEMPO

Ella le mira y sabe que, ésta vez es demasiado tarde.  Conoce bien esos ojos, los mismos que ahora le escrutan.  Pero él ya no es él.  Ahora es la bestia la que ha tomado el poder, la que habla desde el interior de la persona que un día creyó amar.  Retrocede y sus manos terriblemente solas buscan en la pared desnuda algo a lo que agarrarse.  Pero es tarde, muy tarde porque él ya se acerca, cada vez más...

 

Él la mira.  Una voz de fuego arde en su cabeza, su corazón desbocado parece salirse del pecho.  Ya no llevan sangre sus venas.  Las palabras parecen salir de su boca como cuchillos que cortan un aire cada vez más denso.  Hace calor, demasiado.  Y la voz grita, grita cada vez más fuerte.

 

- Mamá, ¿cuánto falta para llegar? 

Eva se endereza en su incómodo asiento;

-Un poco, Jorge, un poco.

 

Él lanza el puño como única explicación.  Por fín va a darle su merecido, le va a enseñar a no reírse más de él.  Sí, ahora aprenderá.  Pero esta vez siente que debe ir más lejos.  Esta vez acabará de una vez por todas.  Sólo así se calmará la voz.  Sólo así no tendrá que aguantar como ella se ríe de él una vez más.

 

Jorge se pone los auriculares para ver la película.  Apenas se atisban las últimas señales de la ciudad y Eva casi puede sentir el frescor del campo filtrándose a través de los cristales.  En los asientos de delante un hombre de unos sesenta años estornuda y un extranjero le pregunta si le molesta que baje un poco el asiento. "claro que no", miente.

 

Mientras se apoya en la pared y espera el impacto, reza.  Reza y en ese momento cae en la cuenta de que se le olvidaron hace años las oraciones que aprendió en el colegio.  No sabe porque, pero sí que recuerda perfectamente a sus compañeras.  En un instante que parece durar una vida recuerda la última función y la caída del telón, esos segundos mágicos justo antes de los aplausos.  Cierra los ojos e intenta escapar, intenta pensar que acabará pronto, que cuando la luz se encienda él ya no estará ahí.

 

Desde su asiento se escucha a una pareja de jóvenes que pone música en un viejo transistor.  Suena la canción del momento.  Es algo molesto, piensa Eva, y sonríe.  No falta la señora que suspira con fastidio mientras suena el enésimo móvil y una voz apagada responde salida del sueño.  Mira a la jóven pareja.  No deben tener más de quince años.

 

El golpea con todas sus fuerzas, pero no impacta en ella, sino en la pared.  Los nudillos se llenan de perlas de sangre causadas por el gotelé y el lanza un alarido furioso -¿DÓNDE ESTÁ? La persigue, pero el pasillo no parece tener fin, se alarga con cada paso que da.

 

El conductor, un hombre mayor, anuncia que pararán veinte minutos antes de proseguir.  Un torbellino de abrigos y personas se apresta rápidamente hacia la salida del vehículo, rumbo a los servicios y a la cafetería del bar.

La casa, hasta hace un momento con vida, empieza a perder su luz.  La cabeza se le nubla. ¿Dónde está ella? ¿Y el niño? ¿Cómo se han atrevido a desvanecerse así, en el aire, cómo fantasmas?  Lo pagarán, lo pagarán muy caro... Entonces, por primera vez advierte que no está del todo sólo.

Después, el frío de la piedra sube como una enredadera por su cuerpo

 

En la ventana del autocar la primera luz del día besa los olivos, las nubes dibujan un paisaje de irreal belleza, se escucha la música soterrada de las aves.  En ense momento un silencio inquieto acude a acurrucarse en el regazo de Eva.  Es Jorge.

-Mamá, ¿Queda mucho aún?

-No hijo, ya estamos llegando.

 

Jason

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El hijo del predicador

Saludos a tod@s, quería dejar mi huella personal en este relato. Espero que os guste.    Ben Guiño

EL HIJO DEL PREDICADOR

Aquella pálida mañana de otoño, Jam y su esposo Christopher acudieron a la iglesia como cada domingo, sin embargo, ese día era diferente y muy especial para ellos; todas sus oraciones al gran Dios habían sido escuchadas y no sólo eso, sino que también se les había encomendado una dura prueba. Christopher era el predicador de la pequeña aldea de Brean en Nueva Inglaterra y desde que uniera sus votos matrimoniales a los de su esposa Jam habían deseado que el Señor les proveyera con una criatura a la que alimentar, cuidar y dirigir por el buen camino. Cierto día unas amistades de Weston, la ciudad más cercana, les hablaron de la existencia de un chico con una extraña anomalía congénita, que había sido abandonado en el orfanato. Un mes después, lograron adoptarlo sin ningún tipo de complicaciones, pues nadie nunca quiso hacerse cargo del niño durante sus nueve años de estancia en el hospicio.

El sermón del día trataba sobre la ira de Dios hacia aquellos que juzgan al resto del rebaño tan sólo porque una de sus ovejas es diferente, de la maldad de algunos seres humanos y del fuego de los infiernos arrojado sobre ellos. La voz de Christopher se elevaba desde las alturas del púlpito y se propagaba por las tres pequeñas naves de la congregación. Siempre había sido un hombre de un gran temperamento, y con sus sermones y cantos a más de un feligrés había logrado arrancar unas lágrimas, y más de un niño inocente había soñado con las llamas del averno en las frías madrugadas de Brean. Aquella mañana, el tono de su voz era más solemne, si cabía, el brillo de sus centelleantes ojos negros era más vívido, más cálido, sus dientes aparecían y desaparecían mientras hablaba, casi parecía sonreír. Jam lo escuchaba con atención desde la primera hilera de bancos, junto al resto de la aldea, como siempre de rodillas durante toda la misa. Según Christopher se estaba más cerca del Padre desde una posición de extrema humildad.

Las palabras del predicador eran arrastradas por la brisa de la mañana que cruzaba las cruces y lápidas del pequeño cementerio que rodeaba la iglesia hasta la ladera de los valles orientales. A lo lejos podía divisarse la línea de la costa, y más lejos, en el horizonte una gran mancha blanca; el Grand Pier de Weston. Cuando los primeros colonos europeos llegaron a Inglaterra construyeron un extenso muelle y en su extremo un lujoso hotel de madera blanca con dos torres gemelas para el hospedaje de los viajeros de tierras lejanas. Hace nueve años Asa fue uno de ellos, pero ahora se encontraba sólo en su habitación, haciendo su pequeña maleta, como siempre con los ojos cerrados, pues bajo ningún concepto se le permitía abrirlos. En aquel instante llegó la señora Snack con su acostumbrado aire altanero y su pamela perfectamente conjuntada con su traje de gasa. Teresah Snack era la directora de la institución donde Asa había pasado su infancia. Acatando órdenes que en un principio le resultaron absurdas, pero llegó el día en que comprendió que sus ojos no eran como los de ningún otro niño, y que mostrarlos en público podía ocasionar un terror inusitado.

Cuando la mujer entró en la habitación del niño, este mostró su descontento con un ligero carraspeo en la garganta y a la vez bajó la barbilla hasta que su nuca quedó tan tirante como la soga de un ahorcado. La señora Slack siempre lo había tratado mal, confinado en su minúscula habitación como un monstruo al que la luz del día no pudiese tocarle, como a una mala semilla.

Al parecer el carruaje que llevaría a Asa a su nuevo hogar en Brean estaba en la verja principal esperándole. La propia Teresah Slack ayudó al muchacho con su maleta ajada. La felicidad se dibujaba en las profundas líneas de su rostro, pero no era la única en disfrutar de aquella marcha. En su interior, Asa, palpitaba de emoción. Nunca había atravesado aquellos muros grises desde que su madre le dejara allí al nacer, y ahora podía sentir la libertad mientras sacaba una de sus blancas manitas por la ventanilla del coche de caballos. En aquel instante la brisa de la mañana acarició su piel pálida y decidió dedicarle una generosa sonrisa a la señora Slack, eso si, con los ojos bien abiertos. La mujer gritó de espanto, y los niños que también le vieron mientras jugaban en el patio pudieron contar a los otros que al fin habían visto los ojos rojos de Asa.

El viaje resultó de lo más placentero y confortable. Los caballos les conducían por un intrincado y boscoso camino colindante a la línea de costa, que surcaba el magnífico paisaje de Brean. Las bestias cabalgaban a galope tendido hasta que el camino se transformó en un barrizal, cada vez más estrecho, y al fondo una colina verde comenzó a dibujarse con casitas blancas de madera de abedul.

El carruaje se detuvo frente a la casa de Christopher y Jam. Entonces el muchacho bajó con su maleta en la mano y la cabeza gacha. Jam contuvo la emoción y las lágrimas, y aunque lo que realmente quería era correr hasta aquel niño de pelo rojo y palidez extremas para estrecharlo contra su pecho no lo hizo para no importunarlo en exceso. En lugar de eso, Asa, dio un paso adelante y fue cuando se topó con la robusta figura del predicador que le tendió la mano con gesto amistoso. Asa extendió la suya y Christopher la asió con firmeza. A continuación, le tomó la maleta y le condujo al interior de la gran casona apoyando suavemente la gigantesca mano sobre el hombro derecho del niño.

Aun no había pronunciado una sola palabra, y cuando estaban a punto de acceder al porche de la entrada. Jam se acercó a Asa y se arrodilló frente a él. Desde aquel instante la mujer le dijo que nunca más debería cerrar los ojos, a menos que durmiera. – Dios nos ha dado el don de ver para que veamos lo que nos rodea, la belleza de una tierra que también se hizo pensando en ti – dijo Jam al tiempo que pellizcaba una de las mejillas del chico, que en aquel momento sonrió y abrió los párpados, mostrando dos enormes rubíes en el rostro. – verás que así todo es más bonito- volvió a decir Jam, que no hizo ninguna clase de aspaviento ante aquella extraña mirada. Asa la abrazó con todas sus fuerzas.

Los primeros meses de estancia en Brean fueron agridulces para Asa. Siempre había soñado con un lugar donde los niños eran amables y los juegos eran risas y complicidad, sin embargo, aquel era un pueblecito como cualquier otro. Un tanto liberal, eso si, para los tiempos que corrían, con la reciente plaga de fiebre malta y la acontecida mala cosecha de patata. Muchos de los aldeanos fueron a hablar con Christopher porque pensaban que la llegada de Asa a Brean había desatado una espiral de malos augurios, y tras recriminarlos por tan insensatos pensamientos, el predicador tuvo que tomar cartas en el asunto. Decidió que lo mejor para el muchacho sería una profesora con extensos conocimientos en todas las materias didácticas, dispuesta a trasladarse al condado de Somerset de inmediato.

Asa había permanecido demasiado tiempo en la ventana de su habitación sin más compañía que la de Jam y la pequeña Biblia que Christopher le regaló la primera noche de su llegada. El reverendo no lo sabía, pero el muchacho la guardaba bajo su almohada como un tesoro, y cada noche leía unas páginas que trataba de memorizar mientras sus rusientes ojos se cerraban por el sueño.

Una semana más tarde, una elegante calesa negra se detenía frente al porche de la casa del predicador y su esposa. Una hermosa mujer de pelo negro azabache, recogido en un moño con sombrero y vestido azul descendió del carruaje con el mismo gesto que la niebla despejando el mar con su vaivén. Si alguna palabra describía aquel rostro era quietud, y su angulosa figura y gráciles movimientos eran con la espuma del mar. Asa la observaba desde su habitación, situada en la buhardilla de la casa, cuando la mujer elevó el rostro hasta el niño y le sonrió. El muchacho se sorprendió muchísimo cuando pudo ver mejor la hermosa cara de la mujer. En primer lugar porque esta no se asustó al ver sus ojos; y en segundo porque la mujer sujetaba un extraño artilugio de acero dorado sobre el puente nasal con dos perfectos cristales redondos cubriéndole los ojos, que al mirarlo relumbraron con la reverberación de los rayos del sol. Era una mañana espléndida y el cielo estaba totalmente despejado, aunque hacía un poco de calor. La extraña mujer extrajo un pañuelo, también azul, del interior de su bolso de mano y se lo pasó por las muñecas y el cuello. El cochero descargó un pesado baúl y algo de equipaje más ligero. De repente, Jam salió a recibirla con una amplia sonrisa, casi parecía que aquella extravagante señora fuese como una bendición venida del cielo. Un momento después Asa comprendió que se trataba de Maggie, su profesora particular, recién llegada de París. En los días sucesivos, Asa, continuaba mirándola fijamente para intentar comprender porque llevaría aquel extraño artilugio en los ojos. Aquellos preciosos ojos azules. Maggie se percató de la curiosidad que el niño sentía por sus lentes y le explicó que se utilizaban para ver bien cuando los ojos de las personas presentan algún problema de visión. Sin duda se trataba de un gran invento que estaba revolucionando las leyes de la óptica en el viejo continente, aunque en Brean nadie había visto nada parecido. En aquel instante, Asa, se enamoró perdidamente de aquella encantadora mujer, cuya voz embaucaba al que la escuchaba. Sus palabras irradiaban inteligencia, y tras concluir cada frase solía sonreír mirando al niño a los ojos. A partir de entonces, Asa, se propuso aprender todo lo que Maggie podía ofrecerle, y era mucho. Cuando fuese mayor quería ser maestro en una gran ciudad, donde las personas son como puntos infinitos en mitad de un océano.

El otoño transcurrió veloz entre libros y cuadernos de estudio, caligrafía, aritmética, literatura y sobre todas las cosas estaba Maggie, su adorada Maggie. Cada mañana, Asa, se levantaba y solía dar un sonoro beso en la mejilla de Jam, acompañado de un apretado abrazo, y seguidamente les daba las gracias a ella y a Christopher por haber traído a la profesora hasta Brean, sólo para el. Después daba un largo paseo por la senda de abedules que recorría los verdes prados de la colina este de Brean Sands y que en unos treinta minutos les conducía hasta la iglesia. Durante el trayecto, el predicador, le recitaba pasajes de la Biblia con una solemnidad conmovedora. Había uno de ellos que le aterraba; “si tu ojo te ofende, arráncatelo”; pero existía el del buen pastor que no supo cuidar su rebaño y su llanto inconsolable hizo que el Creador se apiadara de él y le concediera otro nuevo.

A veces se topaban con otros caminantes, aldeanos que iban a la ciudad, o viajantes con carros de heno que observaban al niño descaradamente y atemorizados se santiguaban al instante. Christopher no los reprendía nunca estando Asa presente, pero al domingo siguiente les dedicaba unas palabras desde el púlpito para oprimir su inexcusable conducta.

Pasaban los meses y Asa se enamoraba nuevamente, pero esta vez de muchas cosas a la vez; de los fastuosos acantilados del Canal, de los literatos universales que cada anochecer devoraba, del bosque de Everwood en la ladera norte de Brean, donde solía ir con Jam para recoger bayas silvestres y a su regreso a casa preparar suculentos pasteles de moras y crema. Así concluyó también la estúpida ignorancia de los aldeanos que empezaban a saludarle. Y más tarde llegó el día en que comenzó a jugar con otros niños, sin que éstos se atemorizaran, aunque las ilusiones por los juegos infantiles se habían evaporado en su corazón de quinceañero. Desgraciadamente también llegó el momento de despedirse de Maggie y viajar hasta Oxford para educarse en el Pontin´s School, un refinado internado al que Maggie escribió para que Asa fuese admitido. Debido a sus excelentes conocimientos en cálculo y literatura no tuvo ninguna clase de contratiempo.

Todos salieron hasta el porche de la blanca casa para despedirse, excepto Jam, que no pudo retener las lágrimas y prefirió que Asa no la viese llorar. Christopher le entregó una nueva Biblia que contenía el árbol genealógico de la familia del predicador a lo largo de cuatro generaciones. Al mirarlo se dio cuenta de que su nombre aparecía en la rama más alta, justo  en la parte superior izquierda con los correspondientes apellidos de la saga. Sus ojos de fuego se humedecieron y la visión se tornó borrosa cuando el fornido hombre con su traje negro impecable lo rodeó con sus brazos. La última en despedirse fue Maggie que le obsequió con el tan ansiado beso que siempre había deseado desde que la conociera, aunque sólo fuese en la mejilla, sintió como si un ángel lo hubiera rozado. Además le entregó una cajita rectangular de madera oscura y le dijo que la abriese antes de llegar a su destino.

Mientras el carruaje se alejaba por el sendero de abedules, Asa, se aferraba al pasamanos de la calesa, escrutando cada una de las ventanas de la casa esperando ver a Jam, a su madre. Y al fin la vio, en la buhardilla, agitando la mano para despedirle.

Mientras recorría nuevas tierras, desconocidas para él, ojeó de nuevo la Biblia de terciopelo rojo y letras doradas que el predicador le había hecho entrega y entonces se acordó de la cajita de Maggie. La abrió y contempló absorto unas gafas de cristales tintados junto con una pequeña nota que decía: “son la última moda en París, entre las jovencitas están causando furor, escríbeme pasado un mes, ya conoces mi dirección en Weston. Chesnut Terrace 40”.

La institución de Pontin´s se encontraba en el sur del condado de Sommerset, a medio día de Brean Sands, pero el paisaje era algo mas agreste y bucólico. Cuando llegó hasta la verja de la entrada sujetó con fuerza su equipaje de mano y miró con fascinación los dos pilares, coronados con leones, que cruzó con un nudo en la garganta. Se colocó las gafas negras y caminó con paso firme y hombros erguidos.

Durante su estancia allí, algunos pensaron que se trataba de un chico ciego y por ello necesitaba lentes oscuras, otros que era un muchacho extranjero, ya que en el continente son extravagantes y siempre están haciendo locuras con la forma de vestir y los complementos en la ropa. Tres largos años se sucedieron entre interminables cartas a su querida Maggie y las visitas en verano a Brean. Como siempre, Jam, se esmeraba en que la casa estuviese tal y como Asa la recordaba, al igual que su habitación en la buhardilla. Paseaban por Everwood para recoger moras y el predicador se llenaba de orgullo cuando le acompañaba a la misa del domingo, y todos le comentaban que Asa se había convertido en un apuesto hombrecito, a pesar de sus lentes ahumadas, de las que jamás se desprendía.

Todo eran alegrías, hasta que una tarde de primavera en su último año en Pontin´s Asa recibió una terrible carta de Weston en la que decía que Maggie había fallecido a causa de escarlatina. Las lágrimas del muchacho estropearon el papel. La tinta negra se emborronaba haciéndose ininteligible. Asa acudió inmediatamente al funeral, acompañado de Jam y el predicador que ofició la misa por deseo expreso de la difunta antes de su muerte. Al verla allí, sin sus lentes, con su acostumbrada palidez extrema y su sedoso cabello negro, Asa, contuvo unas irrefrenables ganas de gritar, pero en lugar de eso, se acercó hacia el féretro y le dio un beso en la frente exangüe. Se despojó de sus lentes y la observó por última vez antes de que la tierra la sepultara para siempre.

Maggie había dejado una carta sobre su tocador en la casa de Weston, y el ama de llaves de la mujer se la entregó a Asa cuando estaba a punto de marcharse con Jam y Christopher.

De camino a Brean, Asa, leyó detenidamente línea a línea, regresando de vez en cuando a las anteriores. La sangre se arremolinaba en sus oídos y le obligaba a bostezar para despejar sus sentidos por la altitud del camino. Las colinas allí eran demasiado altas, y desde ellas se divisaba el mar. Entonces recordó su primer viaje a Brean por aquel mismo camino, el mismo que hacía tiempo había olvidado. “Qué efímera es la vida” pensó para sí, y a continuación les comunicó a sus padres que el próximo año iría a Oxford para estudiar magisterio, a lo que el predicador accedió de buen grado. Nunca dijo a nadie lo que Maggie escribió en aquella carta de despedida, pero lo que sí es cierto es que logró conciliar su alma y alentarle a volar a nuevas tierras extrañas, repletas de desconocidos aún más extraños.

Oxford era como una burbuja de jabón a punto de explotar. Un ciudad inmensa con edificios gubernamentales, instituciones pedagógicas dirigidas por eruditos y personas, miles de ellas por doquier. Transeúntes de calles y avenidas abarrotadas de estudiantes, honorables caballeros ingleses paseando del brazo con sus esposas. Cafés atestados de humo de tabaco de pipa y periódicos. Un nuevo universo se abrió ante Asa.

La vida en Oxford pasaba como un suspiro, a veces de aflicción; cuando pensaba el mucho tiempo que no veía a su añorada familia, e incluso le parecía escuchar la reverberante voz del predicador, o le parecía percibir el olor de los pasteles y el pan recién horneado de Jam;  y otras veces de fascinación y amor a la vida; especialmente en la mañana de octubre en que conoció a Lianne. Una compañera de aula, recién llegada de París. A ella no le sorprendió en absoluto el hecho de que llevase lentes tintadas. En realidad a nadie le asombraba ese pequeño detalle en la exquisita indumentaria de Asa, pero el saber que ella encontraba distinguido el que un caballero llevase lentes le animó a invitarla a dar un paseo por el Kensington Park. El invierno allí era precioso, con un suelo que casi parecía bordado de encaje, con la blanca nieve extendiendo su manto. Aquella tarde se cogieron del brazo y Asa fue el hombre más feliz del mundo.

En su última carta a Brean, redactó a Jam y Christopher los últimos sucesos, la buena marcha de sus estudios, que finalizaban en dos meses. Así como las maravillas que albergaba el Bristish Museum de Londres, al que se había desplazado con su amada Lianne, sin mencionar la interminable lista de excelencias que le inspiraba la tan mencionada muchacha, con la que ya mantenía noviazgo oficial y serio. Sin embargo, Lianne, aún no conocía el secreto que Asa guardaba tan celosamente, y que incluso había olvidado mencionar, pues jamás se despojaba de sus lentes. En innumerables ella había insistido en ver sus ojos, pero el siempre eludía sus peticiones con algún halago a su belleza, o recitaba alguna cita de algún poeta. No obstante, el día en que su secreto ya no sería tal llegó.

Asa pensó en romper el misterio que le embargaba y que le había acompañado durante su existencia torturándole cada noche cuando se metía en la cama y se desprendía de las tan preciadas lentes de Maggie.

Aquella noche citó a Lianne en el restaurante de La Bohem para cenar. Allí le declaró su amor eterno y pidió su mano. La muchacha quedó conmocionada y al instante aceptó sin premisas, aunque seguidamente su blanca sonrisa se tornó en horror cuando Asa se quitó las lentes y la miró a los preciosos ojos pardos. Lianne apartó la mirada rechazando aquella imagen que le inspiraba pavor y aversión. Sin pronunciar ni una sola palabra, ella, se levantó y corrió hasta el vestíbulo por el que su ligero vestido de seda verde desapareció con sus sueños juntos para la eternidad.

Asa lloró y lloró sobre el mantel y las servilletas bordadas, sujetando el anillo de rubí que pensaba encajar en el dedo de Lianne. Sus lágrimas fluían sin cesar cubriendo cubiertos de plata y las copas de champagne. La gente en el restaurante lo miraban, afligidos. Caminó hasta la salida y paseó por las calles desiertas hasta horas insospechadas. Mientras Oxford dormía el lloraba y lloraba. Llegó a su apartamento en la residencia y continuaba llorando. Se echó sobre la mullida almohada y la empapó con su fuerte llanto inconsolable. Podría haber llorado durante días, semanas, meses, años, décadas, incluso lustros y siglos, pero su longevidad se lo habría impedido. Se durmió llorando y despertó con lágrimas. Cuando asomó su empapado rostro al espejo, contempló sus ojos, fascinado. No eran rojos, sino negros, como los del predicador. Su padre.

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